Dormir parece una actividad sencilla. Cerramos los ojos, nos acomodamos y esperamos que el sueño llegue. Sin embargo, mientras descansamos, nuestro organismo continúa trabajando: durante las distintas fases del sueño se activan importantes procesos relacionados con la recuperación y el equilibrio de muchos de nuestros sistemas.
Hoy sabemos que la forma en que vivimos nuestros días puede influir significativamente en la calidad de nuestro descanso. Mark Richard (2019), en su libro El arte de dormir y levantarse, menciona la importancia de la actividad corporal y de los cambios de temperatura que experimenta nuestro organismo a lo largo del día en los procesos asociados al descanso y la recuperación.
Dicho de una manera más sencilla: nuestro cuerpo necesita saber que hubo un día antes de disponerse a descansar durante la noche.
Moverse, realizar actividad física y mantenernos activos favorece los ritmos naturales de nuestro organismo. El problema aparece cuando llegamos a la cama con el cuerpo cansado, pero con la mente todavía corriendo.
Pendientes. Preocupaciones. Conversaciones que seguimos repasando. Problemas que, por más vueltas que les demos a las tres de la mañana, difícilmente podremos resolver desde la almohada.
Cuando nuestro sistema nervioso permanece en estado de alerta, los patrones de sueño suelen ser de los primeros en resentirlo. A nuestro cerebro le cuesta disminuir la vigilancia y transitar hacia las fases más profundas del descanso. De ahí pueden surgir los despertares nocturnos, el sueño fragmentado o esa sensación de haber dormido varias horas y, aun así, despertar agotados.
El estrés sostenido y la actividad de hormonas como el cortisol también participan en este complejo equilibrio. Por eso, dormir bien no comienza necesariamente cuando apagamos la luz de la habitación. En muchos sentidos, comenzamos a preparar nuestro sueño desde que inicia el día.
También la alimentación y la hidratación forman parte de este proceso. Minerales como el magnesio y el potasio participan en distintas funciones del organismo, incluyendo procesos relacionados con el sistema nervioso y la comunicación entre nuestro cerebro y el cuerpo. A ello se suma la salud intestinal, cuya capacidad para procesar y absorber nutrientes mantiene una relación cada vez más estudiada con nuestro bienestar integral.
Y aquí aparece nuevamente una idea que me parece fundamental: cuerpo y mente no viven separados.
Nuestros pensamientos pueden influir en la manera en que afrontamos el estrés, pero nuestro estado corporal también puede facilitar —o dificultar— la regulación de nuestras emociones. Movernos, exponernos de manera adecuada a la luz solar, alimentarnos mejor y mantener contacto con personas que suman a nuestra vida puede ayudarnos a construir condiciones más favorables para sentirnos bien.
El aislamiento, la inactividad y la hipervigilancia pueden convertirse en círculos difíciles de romper. Dormimos mal, despertamos cansados, vivimos el día con menor energía y llegamos nuevamente a la noche con la sensación de no haber podido con todo.
Pero también podemos construir círculos virtuosos.
Una actividad que disfrutamos puede motivarnos a movernos. El movimiento puede favorecer nuestro bienestar. Sentirnos mejor puede ayudarnos a recuperar la motivación para establecer metas y, poco a poco, reconectarnos con nuestra capacidad de fluir aun en medio de circunstancias complejas.
En psicología hablamos del flow o estado de flujo: un estado de profunda concentración y compromiso con una actividad. Se relaciona, entre otros elementos, con nuestras habilidades y con la percepción del reto que tenemos frente a nosotros. Cuando existe un equilibrio adecuado entre ambos, podemos alejarnos de estados de apatía o ansiedad y conectar profundamente con lo que estamos haciendo.
Quizá por eso las personas que tienen un hobby, practican algún deporte o se relacionan con el arte en cualquiera de sus formas suelen decir: “se me fue el tiempo”.
Y es verdad. Por momentos dejamos de medirlo.
Estamos ahí.
Presentes.
Inmersos en una actividad que nos permite conectar nuestra mente, nuestras emociones y nuestras acciones. Tal vez fluir con la vida también tenga que ver con aprender a habitarla con mayor presencia y permitirnos saborear aquello que sí está ocurriendo mientras ocurre.
Por eso, la tarea de hoy es sencilla, aunque requiere intención: revisa tu agenda.
¿Hay en ella algún espacio para descansar, contemplar, moverte o realizar una actividad que disfrutas? ¿Estás alimentando adecuadamente tu cuerpo? ¿Te hidratas? ¿Con qué personas convives? Y, además, ¿de qué información estás nutriendo diariamente a tu cerebro?
Porque también consumimos pensamientos, conversaciones, noticias, imágenes y contenidos. Todo ello forma parte del ambiente en el que nuestra mente intenta crecer, descansar y construir posibilidades.
Quizá sea momento de procurar diálogos internos y contenidos que nos permitan desarrollar un mindset más posibilista: una forma de mirar nuestras circunstancias sin negar las dificultades, pero reconociendo también nuestras posibilidades de acción.
Y entonces vuelvo a la pregunta inicial:
Y tú, ¿puedes dormir tranquilo?
Tal vez convertir nuestros sueños en posibilidades no sea solamente resultado de la suerte, sino de la constancia, del cuidado y de esas pequeñas decisiones que tomamos todos los días.
Por la Dra. Elsa Edith Ríos Juárez
Directora del Instituto de Análisis Existencial y Logoterapia de Chihuahua







