La Presidenta exige explicaciones a Estados Unidos por la posible intervención del FBI en la detención de Ismael “El Mayo” Zambada. Hace bien en pedir claridad si una agencia extranjera actuó en territorio nacional. Pero la soberanía no se defiende con discursos selectivos ni con indignación administrada desde Palacio Nacional. Se defiende diciendo toda la verdad, aunque incomode al propio gobierno. Porque mientras se reclama hacia afuera, siguen sin responderse las preguntas de adentro. ¿De dónde salió el avión que trasladó a “El Mayo”? ¿Cómo pudo despegar desde México sin que ninguna autoridad lo detectara? ¿Quién permitió esa operación? ¿Qué sabía el gobierno federal? ¿Qué sabía la Fiscalía General de la República? ¿Qué sabían las áreas de inteligencia, migración, aeronáutica y seguridad nacional?
El problema no es menor. Si un capo de ese tamaño salió del país en una aeronave sin control del Estado mexicano, entonces no estamos ante una simple falla administrativa. Estamos ante una evidencia brutal de descomposición institucional. Y si el gobierno sí sabía, entonces el silencio es todavía más grave. A ello se suma la muerte de Héctor Melesio Cuén Ojeda, un caso que la FGR convirtió en un laberinto de contradicciones, versiones corregidas y explicaciones poco creíbles. La investigación no ha dado certeza; al contrario, ha exhibido pifias, prisas y huecos que lastiman la confianza pública.
Por eso resulta cómodo apuntar hacia el FBI y levantar la bandera de la soberanía. Lo difícil es explicar por qué el Estado mexicano no pudo —o no quiso— esclarecer con rigor qué ocurrió en su propio territorio. Lo difícil es reconocer que la política de seguridad del gobierno federal ha sido incapaz de contener al crimen organizado, incapaz de informar con transparencia e incapaz de sostener una investigación seria ante los ojos del país. La Presidenta debería entender que no basta con exigir respeto a Estados Unidos. También debe respetar el derecho de los mexicanos a saber la verdad. No puede haber soberanía cuando los criminales se mueven con libertad, cuando las investigaciones se caen a pedazos y cuando el gobierno responde con propaganda en lugar de rendición de cuentas.
Y surge una pregunta inevitable: ¿este endurecimiento del discurso será también un temor anticipado al libro anunciado por Ken Salazar? El exembajador ha dejado entrever que contará episodios delicados de la relación bilateral. Tal vez por eso el gobierno busca instalar desde ahora su narrativa: culpar al extranjero, hablar de intervención y esconder las omisiones internas bajo el manto del nacionalismo.Pero el país no necesita coartadas. Necesita verdad. La captura de “El Mayo”, la salida del avión desde México, la muerte de Cuén y las inconsistencias de la FGR forman parte de una misma crisis: la del Estado mexicano frente al poder criminal. Una crisis que no se resuelve con conferencias mañaneras ni con frases de ocasión.
La soberanía no es un recurso retórico para evadir responsabilidades. La soberanía se demuestra con instituciones fuertes, investigaciones creíbles y gobiernos que responden todas las preguntas, no solamente las que les convienen. Mientras eso no ocurra, la exigencia presidencial sonará incompleta. Porque antes de reclamarle al FBI, el gobierno tendría que explicarle a México qué pasó en México.
Alex Domínguez









