En el futbol no logramos pasar a cuartos de final. Llegamos, una vez más, al mismo punto de cada cuatro años: quedarnos con las ganas de conquistar algo más grande. Pero, al mismo tiempo, también ganamos. Y ganamos mucho.
Desde hace casi una década México vive una profunda polarización. La política dividió a la sociedad entre «chairos» y «fifís»; las redes sociales se convirtieron en un campo de batalla donde abundan más los insultos que los argumentos, y poco a poco fuimos perdiendo la capacidad de coincidir. Sin embargo, durante este Mundial ocurrió algo distinto: la Selección Mexicana nos volvió a unir. Hasta quien no acostumbra ver futbol estuvo frente al televisor con su familia, gritando cada jugada, emocionándose con cada gol y creyendo, por un momento, que era posible hacer historia.
Las imágenes de este Mundial quedarán para el recuerdo. Miles de personas reunidas en el Zócalo, Paseo de la Reforma, la Plaza de la República y en plazas públicas de todo el país, alentando al mismo equipo y lanzando una sola pregunta: ¿Y si sí? Ahí entendimos que, más allá del resultado, sí ganamos. Comprobamos que todavía podemos caminar juntos cuando existe un objetivo común. México volvió a demostrar que es un país extraordinario, tanto que por tercera ocasión fue sede de una Copa del Mundo. Eso sí, también quedó la lección de que un Mundial debe ser más accesible para la afición; muchos partidos fueron demasiado caros y miles de seguidores tuvieron que vivir la fiesta desde las pantallas.
Ahora la pregunta es otra: ¿qué pasaría si esa misma unidad la lleváramos a las causas que realmente necesita el país? Si juntos exigiéramos mejores condiciones laborales, acompañáramos a las madres buscadoras, apoyáramos a quienes luchan contra una enfermedad, levantáramos la voz por las víctimas de la violencia o simplemente recuperáramos valores que parecían cotidianos: volver a saludar con respeto, hablar de usted, mantener limpias nuestras calles, respetar al peatón, al conductor de al lado y entender que la responsabilidad no termina en el gobierno; también comienza con nosotros.
No escribo esto para reprocharle algo a México. Al contrario, somos afortunados de vivir en un país que, cuando quiere, demuestra una capacidad enorme para unirse. La Selección Mexicana nos recordó algo que parecía olvidado: sí podemos caminar juntos. Ahora el verdadero desafío ya no está en una cancha de futbol, sino en nuestra vida diaria. Hagámoslo por nuestras familias, por nuestras ciudades y por este país que tanto nos ha dado. Que no se nos olvide la pregunta que nos hizo soñar durante este Mundial: ¿Y si sí?… ¿Y por qué no?










