Está desatada la guerra de las encuestas. Por aquí y por allá aparecen sondeos de todos los sabores y colores: que si uno va arriba, que si otro tiene menos negativos, que si creció en conocimiento, que si la intención de voto cambió dos puntos… ¡bla, bla, bla! Cada grupo presume la encuesta que más le conviene y descalifica la del adversario. Con el cuento de que ahora los partidos definirán a sus gallos y gallinas mediante encuestas, hemos caído en una verdadera «encuestitis», una inflamación política provocada por el abuso de los sondeos.
Y es que, siendo sinceros, las encuestas ya están más desacreditadas que Rocha Moya. No porque todas sean malas, sino porque muchas han terminado convertidas en instrumentos de propaganda más que en herramientas de medición. Además, por más serias que pretendan ser, ninguna encuesta deja de retratar apenas a un pequeño sector de la población. No representan la totalidad del sentir ciudadano y, en no pocos casos, terminan respondiendo a los intereses de quien las paga.
Cuando se les cuestiona, la defensa siempre es la misma: que la metodología, que el margen de error, que el nivel de confianza, que el muestreo probabilístico, que la validación del instrumento y la trazabilidad metodológica. Puro lenguaje técnico que suena muy elegante, pero que muchas empresas utilizan como escudo mientras hacen de las encuestas un negocio redondo. Porque en eso se han convertido para muchos: en productos de mercadotecnia política que sirven más para posicionar candidatos que para conocer realmente la opinión pública.
Los partidos también tienen responsabilidad en esta moda. En lugar de asumir el costo de tomar decisiones políticas y construir acuerdos internos, prefieren esconderse detrás de una encuesta. Todo lo quieren hacer abierto, participativo y aparentemente democrático, pero al final terminan metiéndose en camisas de once varas y generando conflictos que antes resolvían con diálogo, operación política y liderazgo.
Los dirigentes deberían tener la capacidad de conciliar a sus aspirantes, cerrar filas y respaldar a quienes realmente cuentan con presencia social, estructura y competitividad. La política también consiste en construir consensos y asumir responsabilidades, no en trasladar todas las decisiones a una hoja de resultados. Dentro y fuera de los partidos la gente sabe perfectamente quién tiene liderazgo, quién genera confianza y quién simplemente aparece bien porque pagó una encuesta.
Las viejas fórmulas, aplicadas con inteligencia y pensando en el interés colectivo, muchas veces dieron mejores resultados que esta obsesión por los sondeos. Hoy parece que se empeñan en engordar métodos desgastados que han perdido credibilidad y que, lejos de fortalecer la democracia, alimentan la sospecha y la confrontación. Al paso que vamos, más que democracia interna, lo que padecemos es una auténtica epidemia de encuestitis.








