Más allá de lo que pueda cuestionarse sobre la FIFA, la Federación Mexicana de Futbol, la política deportiva nacional o las decisiones gubernamentales relacionadas con el deporte y la inversión pública, hay una realidad imposible de ignorar: el futbol ha logrado lo que ninguna ideología, partido político o movimiento social ha conseguido plenamente en nuestro país: unir a los mexicanos.
La Selección Nacional ha sido capaz de reunir bajo una misma esperanza a millones de personas dentro y fuera de nuestras fronteras. Durante estos días, las diferencias políticas, sociales y económicas quedaron en segundo plano. Por unas horas, todos nos pusimos la misma camiseta, compartimos la misma emoción y perseguimos el mismo objetivo: ver ganar a México.
El futbol nos ha regalado algunos de los momentos más intensos de identidad colectiva. Nos ha permitido hacer una pausa en medio de las preocupaciones cotidianas, de la incertidumbre y de las dificultades que enfrentamos como sociedad, para recordarnos que también somos capaces de sentirnos orgullosos, fuertes, unidos y optimistas.
Desde México 86 no se vivía una sensación similar. Quizá mañana volveremos a nuestra realidad, a nuestras diferencias y a nuestros retos pendientes, pero esta experiencia deja una enseñanza valiosa: sí podemos coincidir. Sí podemos caminar juntos cuando existe un objetivo que nos inspira y nos da esperanza.
Paz, crecimiento, desarrollo, prosperidad y oportunidades son anhelos compartidos por millones de mexicanos. Si fuimos capaces de encontrarnos en torno a una selección de futbol, ¿por qué no podríamos hacerlo alrededor de metas nacionales más profundas y trascendentes?
El México de 1986 era muy distinto al de hoy. Vivimos en un mundo globalizado y en un país que ocupa un papel cada vez más relevante en el ámbito cultural, económico, comercial, político y deportivo. Precisamente por ello, deberíamos aprovechar esta sensación de pertenencia colectiva y convertirla en algo más permanente que la emoción de un torneo.
¿Por qué no ponernos todos los días la camiseta verde en aquello que hacemos? ¿Por qué no apostar más por lo que nos une que por lo que nos divide? ¿Por qué no construir acuerdos en lugar de trincheras políticas?
Parece que como sociedad seguimos necesitando héroes que nos inspiren y no mártires que alimenten nuestras divisiones.
El logro de esta generación de futbolistas es resultado de la visión, la preparación, la disciplina y la aspiración de competir al más alto nivel. Es la consecuencia de años de trabajo, inversión, capacitación y libertad para desarrollarse. No es un fenómeno espontáneo ni una casualidad.
Y hay algo más importante todavía: este triunfo no pertenece a ningún gobierno, partido político o corriente ideológica. Pertenece al esfuerzo de personas que decidieron prepararse para competir y demostrar que México puede estar a la altura de cualquier desafío.
Esa es quizás la lección más valiosa que nos deja este momento. Cambiar a México sí es posible. Pero para lograrlo necesitamos algo que durante unos días el futbol nos recordó que todavía conservamos: la capacidad de unirnos alrededor de un mismo sueño.









