En medio del ruido político y las tensiones diplomáticas, hay un dato que se impone por su dimensión: el Estado mexicano logró desmantelar el narcolaboratorio de metanfetaminas más grande detectado en el país. Y ese hecho, por sí solo, está comenzando a generar algo poco común en el escenario actual: consenso.
El operativo, encabezado por fuerzas del Estado, entre ellas la Fiscalía General del Estado de Chihuahua, a través de la Agencia Estatal de Investigación y la Secretaría de la Defensa Nacional, no fue menor. Se trataba de una instalación con características industriales en plena sierra, entre Morelos y Guachochi, con más de 800 metros cuadrados, al menos 15 hornos, decenas de contenedores, más de 100 cilindros de gas y químicos suficientes para producir hasta 2.8 toneladas de metanfetamina.
Un golpe que, en términos económicos, representa pérdidas cercanas a los mil millones de pesos para el crimen organizado. Pero más allá del dinero, el impacto real está en lo social: millones de dosis que no llegarán a las calles, menos adicciones, menos violencia y menos familias afectadas.
Mientras tanto, desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum ha centrado el discurso en otro frente: el cumplimiento de la ley y la soberanía. Sus declaraciones han sido firmes al señalar irregularidades en la posible colaboración con agencias extranjeras, poniendo bajo la lupa al gobierno estatal y recordando que cualquier coordinación internacional debe apegarse estrictamente al marco legal.
Pero en la calle, entre sectores empresariales, sociales e incluso en voces críticas del gobierno, comienza a consolidarse una narrativa diferente: más allá de quién pidió apoyo, quién sabía o quién falló en el protocolo, lo que pesa es el resultado.
Se localizó, se intervino y se desmanteló una operación criminal de gran escala que operaba prácticamente como una fábrica en la sierra de Chihuahua.
Ese hecho está generando un efecto que pocas veces se ve: un respaldo creciente al operativo. No necesariamente a los actores políticos, sino a la acción en sí. A la capacidad del Estado de golpear estructuras profundas del narcotráfico.
Porque en un estado como Chihuahua, donde la violencia y el narcomenudeo han dejado huella durante años, cada golpe de esta magnitud no solo representa cifras o decomisos, sino una posibilidad real de contener el daño.
Y ahí, en ese terreno, el desmantelamiento del narcolaboratorio empieza a cambiar la conversación: de la polémica, al reconocimiento de un golpe que, por sus dimensiones, difícilmente puede minimizarse.





