Cuando el PAN decide perder  (Primera parte)

por | Ago 10, 2026 | Opinión

En este primer artículo le pido que analice primero el mensaje y no al mensajero.

Y es que en Chihuahua estamos por enfrentar una batalla electoral que debería obligarnos a analizar lo ocurrido y a buscar respuestas en ejercicios previos y, por qué no decirlo, en errores ya cometidos por Acción Nacional.

El más famoso —y quizá el que más daño nos ha hecho— siempre tiene nombre y apellido: la imposición, mejor conocida como dedazo.

Ya sea abierta o disfrazada; reconocida públicamente o ejecutada mediante operaciones que pretenden utilizar la nómina y las estructuras de gobierno para empujar a la ciudadanía hacia una decisión: contar con la ayuda de los gobernantes en turno o atreverse a ir en contra de ellos.

Para comenzar este ejercicio y procurar que, al menos en esta primera parte, no tengamos ofendidos —tal vez aludidos, pero no ofendidos—, recordaré aquello que bien dijo la Gobernadora: que cada quien se ponga el saco que quiera.

Para hacerlo, me remontaré a un ejercicio de memoria en el estado de Jalisco.

Emilio González había sido gobernador desde 2006 y su administración representaba, para 2012, la continuidad de 18 años de gobiernos panistas en Jalisco. En ese contexto, escoger al sucesor no era una decisión neutral.

La candidatura debía responder, al menos, a dos preguntas: ¿quién podía defender el legado panista y quién podía romper con el desgaste del gobierno?

La decisión de insistir en Guzmán respondió más a la primera pregunta —la lealtad— que a la segunda —la competitividad—.

El dato más revelador es que la candidatura no empezó desde cero: empezó desde el desgaste.

El gobernador quedó atrapado en una contradicción: defendía públicamente la unidad y la institucionalidad, pero su insistencia en sostener a Guzmán era interpretada por sus adversarios como una imposición de grupo.

El resultado: Enrique Alfaro fue el gran beneficiario de la crisis panista.Su candidatura por Movimiento Ciudadano ofreció una salida a los electores que querían castigar al PAN sin regresar necesariamente al PRI. El PRI tenía una marca nacional en recuperación y una estructura territorial sólida; Alfaro, en cambio, capitalizó el malestar metropolitano y se presentó como una alternativa ciudadana.

El PAN, atrapado entre la continuidad representada por Guzmán y el desgaste del gobierno de Emilio González, dejó de ser el vehículo natural del voto opositor.

Los resultados muestran la magnitud del desplazamiento.

La Jornada reportó que Aristóteles Sandoval obtuvo aproximadamente el 38 por ciento de los votos; Alfaro, el 34 por ciento; y Guzmán, menos del 20 por ciento. El PAN no ganó un solo distrito local de mayoría; el PRI obtuvo la mayoría de los municipios y diputaciones, mientras Movimiento Ciudadano se consolidó especialmente en la zona metropolitana.

La derrota no consistió únicamente en perder la gubernatura.

El PAN pasó de ser el partido dominante a convertirse en la tercera fuerza electoral en la competencia por el Ejecutivo estatal.

Desde esta perspectiva, la “imposición” de Guzmán tuvo un efecto de tres capas.

Primero, impidió construir una candidatura capaz de reconciliar a los distintos grupos panistas.

Segundo, hizo que el candidato cargara con el desgaste del gobernador sin recibir plenamente los beneficios de la estructura gubernamental.

Y tercero, dejó libre el espacio de la ruptura para Alfaro, quien supo representar el rechazo al viejo orden partidista con mayor eficacia.

Por Rafael Loera

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