La terapia no es solamente para quien siente que algo está mal, sino también para quien desea estar mejor.
La transformación de nuestra sociedad después de la pandemia nos ha invitado a mirar con mayor conciencia nuestra salud mental. La Organización Mundial de la Salud informó que, durante el primer año de la pandemia, la prevalencia mundial de ansiedad y depresión aumentó un 25 % (OMS, 2022). Esta realidad nos recuerda la importancia de mirar más allá de nuestra salud física y preguntarnos por la calidad de nuestra vida, la calidad de nuestros días y, especialmente, por el sentido que van tomando nuestras decisiones en cada momento.
En este contexto, los espacios terapéuticos representan mucho más que un lugar para hablar de nuestros problemas. Son oportunidades de encuentro con nosotros mismos, donde podemos fortalecer el autoconocimiento, reconocer nuestra identidad y construir decisiones más coherentes con nuestros valores, deseos y propósitos.
Desde la terapia centrada en el sentido, estos encuentros nos permiten descubrir que, aun frente al sufrimiento y las circunstancias que no podemos modificar, conservamos la posibilidad de encontrar una respuesta personal ante la vida. La libertad, la responsabilidad y la autotrascendencia se convierten entonces en caminos para reconocer nuestros recursos y descubrir nuevas posibilidades de existencia (Frankl, 2006).
La investigación psicológica también ha encontrado una relación entre la presencia de sentido en la vida y un menor malestar emocional (He et al., 2023). Esto nos recuerda que encontrar un para qué no elimina necesariamente las dificultades, pero puede transformar profundamente nuestra manera de vivirlas.
Desde la filosofía existencial, Martin Buber nos regaló una de las perspectivas más hermosas sobre el encuentro humano: la relación Yo-Tú (Buber, 1923). En ella, el otro deja de ser alguien a quien observamos desde fuera para convertirse en una persona a quien reconocemos en toda su dignidad y singularidad.
Es precisamente en ese encuentro donde puede surgir un nosotros que no borra la individualidad, sino que reafirma nuestra humanidad.
En el espacio terapéutico, esta conexión cobra una dimensión particularmente significativa. El vínculo entre terapeuta y consultante no es solamente un recurso para facilitar el tratamiento; es también un encuentro humano que puede abrir caminos de confianza, comprensión y transformación. Hoy sabemos que la calidad de esta alianza terapéutica se relaciona de manera consistente con mejores resultados en los procesos de atención psicológica (Flückiger et al., 2018).
Incluso la neurociencia comienza a explorar un fenómeno fascinante: la sincronía interpersonal, es decir, cómo durante determinados encuentros humanos pueden presentarse patrones de coordinación entre la actividad cerebral de dos personas. Aunque todavía queda mucho por comprender, estos estudios abren nuevas preguntas sobre la conexión emocional, la empatía y los procesos de cambio que pueden surgir dentro de una relación terapéutica (Adel et al., 2025).
Quizá la ciencia comienza a encontrar nuevas formas de estudiar algo que desde hace tiempo hemos podido reconocer en la experiencia clínica: cuando dos seres humanos se encuentran desde la confianza, la escucha y el respeto, algo puede comenzar a transformarse.
Durante esta semana he reflexionado profundamente sobre mi propia práctica clínica y sobre los veinte años de experiencia que hoy forman parte de mi historia.
Al mirar hacia atrás, descubro que no solamente han crecido las personas que he tenido el privilegio de acompañar. Yo también he crecido con ellas.
Cada paciente ha sembrado en mí alguna semilla de autoconocimiento, libertad, responsabilidad y comprensión sobre el impacto que tiene vivir una vida plena de sentido y coherencia.
En cada historia he podido reconocer el rostro de la evolución humana hablándome de frente. Cada terapia, cada conversación y cada momento de conexión han sido oportunidades para comprender al otro, pero también para continuar ese viaje hacia mi propio interior.
Porque acompañar a alguien en la búsqueda de su mejor versión inevitablemente nos invita a mirar la nuestra.
He aprendido que detrás del dolor muchas veces permanece una esperanza que todavía no encuentra palabras; que detrás del miedo puede existir una libertad esperando ser reconocida, y que aun en las historias más difíciles habita una persona con posibilidades de reconstruirse.
También he comprendido que ser terapeuta no significa tener todas las respuestas. Significa estar dispuesto a acompañar con sensibilidad, conocimiento, ética y humildad a alguien que está intentando descubrir las suyas.
El nacimiento, desarrollo y crecimiento del Instituto de Análisis Existencial y Logoterapia de Chihuahua (INAELCH) es parte de esta historia de encuentros.
Hoy contamos con un equipo de profesionales calificados y comprometidos con una mirada integral del ser humano, que reconoce las dimensiones corporal, psicológica y espiritual de la existencia. Desde esta perspectiva, buscamos acompañar no solamente el sufrimiento, sino también despertar y fortalecer los recursos saludables que permanecen en cada persona, aun en medio de sus momentos más difíciles.
Nuestra labor, inspirada en la tradición humanista y existencial, reconoce esa profunda tarea del cuidado del alma humana: acompañar a las personas a reconciliarse con su historia, descubrir sus posibilidades y construir una vida con mayor sentido.
Pero nada de esto habría sido posible sin la confianza de quienes alguna vez tocaron nuestra puerta.
Personas que llegaron con su dolor, sus dudas, sus pérdidas, sus miedos y sus sombras. Personas que se permitieron mostrarse vulnerables, muchas veces sin saber por dónde comenzar, pero conservando en su interior la esperanza de sentirse mejor.
Cada una de ellas ha contribuido a construir lo que hoy somos.
Y quizá exista algo profundamente hermoso que pocas veces se dice: mientras una persona trabaja para descubrir y construir la mejor versión de sí misma, también está contribuyendo, sin saberlo, al crecimiento humano de quien la acompaña.
Porque la terapia transforma historias, pero también transforma a quienes tenemos el privilegio y la responsabilidad de escucharlas.
Hoy quiero hacer una invitación sencilla.
Si desde hace tiempo has pensado en buscar acompañamiento psicológico, quizá este sea un buen momento para regalarte ese espacio.
No necesitas esperar a que el dolor se vuelva insoportable, a que tu vida se desordene o a sentir que has perdido el rumbo para pedir ayuda.
A veces basta con reconocer que deseas vivir de una manera distinta, comprender mejor tus emociones, reconciliarte con alguna parte de tu historia o descubrir qué es verdaderamente importante para ti.
El simple hecho de comenzar a preguntártelo puede ser el inicio de un camino de mayor conciencia. Y recorrerlo acompañado puede ofrecerte nuevas herramientas, perspectivas y posibilidades.
Si alguna vez has vivido una experiencia terapéutica que transformó tu vida, comparte esta reflexión con alguien que quizá esté considerando dar ese primer paso.
Tal vez puedas ayudarle a descubrir que atravesar un túnel oscuro no significa permanecer para siempre en la oscuridad. Que es posible volver a encontrar la luz, resignificar lo vivido y descubrir nuevos sentidos, incluso en aquellas circunstancias que nunca habríamos elegido.
Hoy mi corazón está lleno de gratitud.
Gracias a cada persona que ha tocado la puerta de mi consultorio y nos ha confiado una parte de su historia. Gracias a quienes, con su presencia, han hecho necesario mi propio crecimiento y la maduración de un equipo humano que cada día busca ofrecer lo mejor de sí.
Mi reconocimiento profundo también a cada profesional que se ha formado en INAELCH y, especialmente, a quienes continúan construyendo este proyecto con sensibilidad, compromiso y vocación de servicio.
A quienes reciben con respeto a las personas que llegan cansadas, heridas o confundidas, buscando una oportunidad para resignificar su historia.
Gracias por recordar que detrás de cada expediente existe una vida, detrás de cada síntoma una historia y detrás de cada proceso terapéutico un ser humano que merece ser mirado con dignidad, respeto y esperanza.
Después de veinte años de acompañar historias, hoy reconozco que una parte fundamental del sentido de mi propia vida se encuentra precisamente en esos encuentros.
Y quizá esa sea una de las experiencias más hermosas de mi profesión: descubrir que mientras acompañamos a otros a encontrar su camino, también seguimos encontrando el nuestro.
He encontrado una parte esencial del sentido de mi vida acompañando a otras personas a descubrir el suyo.
Una reflexión personal inspirada en la logoterapia de Viktor Frankl.
Por Dra. Elsa Edith Ríos Juárez. Directora de INAELCH







