Abrazando el sentido de la vida a través de la muerte

por | Nov 2, 2026 | Opinión

La celebración del Día de Muertos, una de las tradiciones más entrañables de México, nos invita a reencontrarnos con nuestros ancestros y seres queridos que han partido. Es una oportunidad para detenernos, recordar y reflexionar sobre esas experiencias de separación que nos acercan al dolor de dejar ir, pero también a la posibilidad de reconectar con todo aquello que hizo valiosa su presencia en nuestras vidas.

Trascender significa, de alguna manera, tocar la vida de otros. Quizá por eso nuestros muertos nunca se van del todo. Su paso por nuestra historia ha dejado huellas, enseñanzas, recuerdos y formas de amar que siguen viviendo en nosotros. Ese legado nos invita a reconocer que también somos responsables de llevarlo más allá, a través de nuestras decisiones, nuestros actos y la manera en que elegimos vivir.

Los encuentros cercanos con la muerte, la enfermedad o la pérdida suelen despertar en nosotros preguntas que, en medio de la cotidianidad, pocas veces nos detenemos a escuchar. Cuando alguien que amamos parte, experimentamos una ausencia para la cual difícilmente estamos preparados. Nuestro cuerpo extraña su presencia, nuestros sentidos buscan su voz, su mirada, su abrazo. Necesitamos aprender a vivir en un mundo donde ya no podemos encontrarle de la misma manera.

Y, sin embargo, existe otra forma de reconocer su presencia. Desde nuestra dimensión espiritual podemos descubrir que los vínculos significativos trascienden lo tangible. Una persona puede dejar de estar físicamente y continuar habitando nuestros recuerdos, nuestras decisiones y nuestra manera de comprender la vida. Somos nosotros quienes, a través del amor y la memoria, mantenemos vivo el significado de aquello que compartimos.

Es aquí donde surge una hermosa paradoja: la ausencia de alguien que amamos puede llevarnos a preguntarnos por el sentido de nuestra propia existencia.

Viktor Frankl, fundador de la logoterapia, nos recuerda que, incluso frente al sufrimiento, la vida continúa haciéndonos preguntas y somos nosotros quienes estamos llamados a responder. No siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero sí podemos descubrir posibilidades de sentido en la manera en que respondemos a nuestras circunstancias.

Desde esta mirada, el dolor de una pérdida no tiene por qué convertirse únicamente en un vacío. También puede abrir un espacio para la gratitud, para reconocer las experiencias compartidas y descubrir que aquello que alguna vez vivimos con amor permanece como parte de nuestra historia. No se trata de dejar de extrañar ni de negar la tristeza, sino de aprender a mirar, junto a lo que hemos perdido, todo aquello que tuvimos el privilegio de vivir.

Elisabeth Lukas, en su libro Perder o ganar, nos acerca a una reflexión profundamente existencial sobre la pérdida. Ante la ausencia, podemos quedar atrapados en la mirada de lo que ya no está o descubrir nuevas posibilidades de sentido a partir de aquello que permanece en nosotros. No podemos recuperar el tiempo compartido, pero sí reconocer su valor y permitir que sus enseñanzas continúen dando frutos en nuestra vida.

Quizá una de las paradojas más profundas de nuestra existencia sea precisamente esta: saber que vamos a morir puede enseñarnos a sentirnos verdaderamente vivos.

Por eso, hoy quiero invitarte a hacer un ejercicio que quizá pocas veces nos atrevemos a realizar:

Si hoy terminara tu paso por este mundo, ¿qué te gustaría que dijera tu epitafio?

Si tuvieras que resumir tu existencia en una sola frase, ¿qué palabras elegirías? ¿Qué te gustaría que recordaran las personas que amas? ¿Cuál sería el regalo más valioso que tu paso por la vida habría dejado en sus corazones?

No se trata de pensar en la muerte con temor, sino de permitir que su certeza nos ayude a mirar la vida con mayor claridad.

Frankl utilizaba la imagen de un reloj de arena para reflexionar sobre el tiempo y la existencia. Mientras los granos de arena continúan cayendo, aquello que hemos vivido no desaparece: permanece como parte de nuestra historia, como una realidad que ya nadie puede arrebatarnos.

Esta metáfora nos invita a reconocer que el presente es el espacio donde todavía podemos elegir. Cada instante nos ofrece la posibilidad de decidir a qué dedicamos nuestra atención, nuestra energía, nuestra entrega y nuestro amor. De esas elecciones nacen nuestras acciones y, poco a poco, vamos escribiendo una existencia que puede estar llena de sentido.

Tal vez vivir plenamente no consista en hacer cosas extraordinarias todos los días, sino en aprender a reconocer lo extraordinario que habita en lo cotidiano: regresar a casa y sentirnos en nuestro lugar, compartir una conversación sincera, abrazar a alguien que amamos, brindar esperanza a quien atraviesa un momento difícil, disfrutar una canción, contemplar un atardecer o descubrir, a través de nuestros sentidos, la belleza de aquello que tantas veces damos por sentado.

Porque una vida plena no necesariamente es aquella en la que todo ha salido como esperábamos, sino aquella en la que hemos sido capaces de amar, crear, aprender y encontrar motivos para seguir adelante, incluso en medio de las dificultades.

Hoy, en esta temporada en la que honramos la memoria de quienes ya partieron, quizá también podamos hacer un pequeño homenaje a nuestra propia existencia.

La tarea es sencilla: abraza el presente.

Sonríe, canta, baila, abraza, expresa tu amor, crea, agradece, conecta. No guardes todas tus palabras bonitas para después, ni postergues indefinidamente aquello que le da sentido a tu vida.

Vive sabiendo que algún día la muerte llegará, pero que hasta entonces tienes la maravillosa oportunidad de seguir dejando huellas de amor en el mundo.

Y quizá, cuando llegue el momento de partir, lo más valioso no sea aquello que acumulamos, sino las sonrisas que despertamos, la esperanza que compartimos y la calidez que dejamos en quienes nos amaron.

Que cuando alguien cierre los ojos para recordarnos, pueda sentir la ternura de nuestra presencia, aun en medio de nuestra ausencia.

Porque, al final, quizá trascender sea precisamente eso: haber vivido de tal manera que algo de nuestro amor continúe floreciendo en la vida de los demás.

¡Hagamos que cada día cuente!

Por la Dra. Elsa Edith Ríos Juárez
Directora del Instituto de Análisis Existencial y Logoterapia de Chihuahua

Columnista