El perdón como un espacio de reconciliación con tu pasado

por | Sep 2, 2026 | Opinión

¿Te has preguntado cómo afecta nuestra vida seguir cargando con el pasado?

Nuestras narrativas de vida se construyen, en buena medida, a partir de las experiencias que guardamos en la memoria. A través de ellas damos significado a lo que hemos vivido, interpretamos lo que sucede en nuestro presente y comenzamos a imaginar la versión de nosotros mismos que queremos construir hacia el futuro.

Desde esta perspectiva, nuestra manera de pensar y de mirar el mundo está influida por aquello que hemos vivido. Cuando permanecemos anclados en el dolor, la ira o el resentimiento por lo que fue —o por aquello que nunca llegó a ser—, también podemos terminar mirando y tomando decisiones en el presente desde esas heridas.

Pero existe otra posibilidad: resignificar.

Cuando logramos dar un nuevo sentido al dolor, a la ira y a nuestras heridas, podemos comenzar a escribir nuestra historia con mayor libertad.

Por eso resulta importante hacer, de vez en cuando, un inventario de aquellos momentos del pasado que todavía pesan y que sentimos que nos impiden avanzar. La felicidad adquiere entonces una dimensión distinta: no como la ausencia de problemas ni como una obligación de sentirnos bien, sino como la posibilidad de abrir espacio en el presente para reconocer también las experiencias que nos llenan de sentido.

Lo que pensamos influye en nuestras emociones y, con el tiempo, puede influir también en nuestras conductas y hábitos. Permanecer atrapados en acontecimientos dolorosos del pasado puede alimentar sentimientos de tristeza, culpa o desesperanza; de la misma manera, vivir permanentemente anticipando el futuro puede incrementar nuestra preocupación y ansiedad.

Esto no significa que la depresión o los trastornos de ansiedad puedan explicarse únicamente de esta manera. Son fenómenos complejos que requieren una mirada profesional y multifactorial. Sin embargo, aprender a reconocer hacia dónde dirigimos constantemente nuestra atención puede ayudarnos a relacionarnos de una manera diferente con nuestra propia historia.

En este sentido, uno de nuestros grandes retos consiste en aprender a habitar el presente.

Entrenar nuestra mente para atender aquello que sí está ocurriendo hoy. Hacer espacio en el “disco duro” de nuestra memoria personal y comenzar a soltar aquello que ya no necesitamos cargar.

Viajar por la vida con un equipaje más ligero y, quizá, con un corazón un poco más tranquilo.

Esto implica descubrir que debajo de algunas historias de dolor también existen historias de aprendizaje. No para justificar aquello que nos lastimó ni para negar el sufrimiento, sino para reconocer que incluso de las experiencias difíciles pudieron surgir recursos, habilidades y nuevas formas de comprendernos.

Cuando dejamos de exigirle al pasado que sea diferente, el presente comienza a sentirse más amplio.

Y entonces podemos recibirlo como lo que es: un tiempo limitado, irrepetible, que Dios —o la creación, según la manera en que cada persona comprenda la existencia— nos entrega.

El futuro también pierde un poco de protagonismo. Ya no necesitamos controlarlo todo. Podemos permitir que se vaya escribiendo mientras avanzamos, con la libertad con la que un ave emprende el vuelo.

Un ejercicio para comenzar

La tarea de hoy consiste en hacer un pequeño examen de conciencia.

Piensa en aquellos momentos que abrieron heridas en ti. Reconoce el dolor, la ira, la frustración o el sufrimiento que pudieron dejar. No necesitas rechazarlos: son sentimientos genuinos y profundamente humanos.

Cuando puedes mirarlos y abrazarlos sin permitir que te definan, comienza también la posibilidad de comprender el impacto que esas experiencias tuvieron en ti.

Pregúntate entonces:

¿Qué aprendí?

¿Qué habilidades desarrollé para sobrevivir, reconstruirme o continuar?

¿Qué descubrí de mí?

¿Qué quiero conservar de aquella experiencia y qué estoy listo para dejar ir?

Tal vez, cuando la historia comienza a adquirir un nuevo sentido, aparece el perdón.

No necesariamente como reconciliación con quien nos hizo daño. Tampoco como olvido, justificación o negación de lo sucedido.

El perdón puede ser, antes que nada, un acto de reconciliación con nuestro propio pasado.

Un regalo que nos permite dejar de cargar todos los días aquello que ocurrió una sola vez. Una manera de regresar al presente con gratitud y colocar nuevamente la mirada en el horizonte, con esperanza.

Este ejercicio seguramente tendrá que repetirse muchas veces. Mientras entrenamos el arte de aceptar y soltar, algo comienza a cambiar en nuestra manera de transitar por el mundo.

Por supuesto que no es fácil.

Pero quizá, con el tiempo, podamos convertirnos en peregrinos capaces de caminar por la vida con un equipaje más ligero.

Existe una hermosa imagen asociada a la tradición hindú: la flor de loto nace y vive en el agua, pero sus gotas resbalan sobre ella.

La metáfora nos recuerda que el desapego no significa alejarnos del mundo ni dejar de sentir. Significa aprender a estar en él sin permitir que cada circunstancia nos posea.

Aceptar lo que ocurre sin entregarle el control absoluto de nuestra vida.

Porque existen circunstancias que nunca podremos cambiar. Historias que no pueden reescribirse y personas que quizá nunca reparen el daño que provocaron.

Pero incluso frente a aquello que no podemos modificar, todavía podemos preguntarnos:

¿Qué quiero hacer yo con lo que viví?

Y quizá sea precisamente ahí donde comienza nuestra libertad.

Como escribió Viktor Frankl:

“Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”.

Dra. Elsa Edith Ríos Juárez

Directora del Instituto de Análisis Existencial y Logoterapia de Chihuahua

admin