Decisiones con Sentido

por | Ago 5, 2026 | Opinión

En una realidad que avanza cada vez más rápido, es fácil perdernos en el enorme mar de información que tenemos a nuestra disposición. Las redes sociales funcionan muchas veces como fuentes de “educación”; las plataformas digitales sustituyen algunos espacios de conversación y retroalimentación, y las herramientas de inteligencia artificial nos ayudan a procesar información en mucho menos tiempo.

Todo esto representa grandes oportunidades, pero también plantea un reto: ¿qué tanto espacio estamos dejando para pensar por nosotros mismos?

Pensar sobre lo que pensamos tiene un nombre: metacognición. Es la capacidad de observar nuestros propios procesos mentales, reconocer cómo aprendemos, cuestionar nuestras conclusiones y utilizar la experiencia para construir nuevas respuestas. Esta habilidad es especialmente importante al momento de tomar decisiones, porque nos permite hacer algo que parece sencillo, pero que no siempre lo es: tomar distancia de una situación antes de reaccionar.

Darnos cuenta de lo que pensamos y sentimos, reconocer lo que verdaderamente queremos y diferenciar aquello que nos hace bien de lo que simplemente nos produce placer inmediato son algunos de los grandes retos de nuestra época.

Durante mucho tiempo juzgamos a los jóvenes diciendo que tomaban malas decisiones simplemente por falta de experiencia. Hoy sabemos, gracias a la neurociencia, que el cerebro continúa madurando durante la juventud y que las regiones relacionadas con funciones como la planeación, el control de impulsos y la evaluación de consecuencias siguen desarrollándose hasta bien entrada la década de los veinte.

Sin embargo, la impulsividad no es exclusiva de los jóvenes.

También encontramos adultos, profesionistas e incluso líderes atrapados en la cultura de la inmediatez: queremos resultados rápidos, recompensas inmediatas y caminos cada vez más cortos. Nos cuesta tolerar la espera, el esfuerzo y, sobre todo, la frustración que inevitablemente acompaña al proceso de alcanzar un objetivo.

Nuestro cerebro tiene mecanismos que nos permiten responder rápidamente ante aquello que interpretamos como una recompensa o una amenaza. Por eso, frente a una emoción intensa podemos sentir el impulso de actuar de inmediato: responder un mensaje, aceptar una propuesta, abandonar un proyecto, comprar algo, discutir o tomar una decisión que, unas horas después, vemos de manera diferente.

Aquí aparece una herramienta aparentemente sencilla, pero poderosa: crear una pausa entre lo que sentimos y lo que hacemos.

Cuando una situación no exige una respuesta inmediata, darnos algunos minutos antes de actuar puede ayudarnos a disminuir la intensidad emocional y recuperar perspectiva. No se trata de ignorar las emociones —porque también contienen información valiosa—, sino de permitir que dialoguen con la reflexión, el análisis y el razonamiento.

Ahí entran en juego dos competencias fundamentales de la inteligencia emocional: la autoconciencia y la autorregulación.

La primera nos permite reconocer qué está sucediendo dentro de nosotros; la segunda nos ayuda a decidir qué hacer con eso que sentimos. Juntas crean un pequeño espacio entre el estímulo y la respuesta. Y, muchas veces, es precisamente en ese espacio donde aparece una mejor decisión.

Pero existe otro elemento fundamental: reconocer quién soy y qué aporta verdadero sentido a mi vida.

Efrén Martínez, PhD, desde su propuesta de coaching existencial, plantea una manera sencilla de atravesar la duda mediante preguntas que nos ayudan a mirar una decisión desde diferentes dimensiones:

Lo que voy a decidir, ¿me da placer?

Lo que voy a decidir, ¿me emociona?

Lo que voy a decidir, ¿construye mi vida o aporta a la vida de alguien más?

Cuando una decisión logra integrar estas dimensiones, podemos comenzar a hablar de una decisión con sentido.

Porque aquello que está alineado con nuestro propósito no solamente puede brindar placer al cuerpo o emoción a nuestra mente; también puede ofrecernos una satisfacción más profunda: la conciencia de estar construyendo algo valioso para nuestra propia vida o para la vida de alguien más.

La invitación de esta semana es sencilla: antes de dar el siguiente paso, haz una pausa.

Observa las decisiones que estás tomando y pregúntate: ¿esto me acerca o me aleja de la persona que quiero ser?

Tal vez no todas nuestras decisiones necesitan ser extraordinarias. Algunas serán pequeñas: continuar, esperar, decir que no, pedir ayuda, terminar algo, comenzar de nuevo o simplemente no responder todavía. Pero cada una va trazando, poco a poco, la dirección de nuestra vida.

Sin importar si somos jóvenes o adultos, siempre conservamos la posibilidad de elegir cómo queremos relacionarnos con aquello que nos sucede y qué queremos construir a partir de ello.

Porque lo que tiene sentido no necesita sostenerse solamente en la adrenalina de un momento fugaz. Lo que tiene sentido permanece. Nos permite mirar hacia adelante con mayor serenidad y reconocer que nuestras acciones, incluso las pequeñas, pueden dejar huella.

Como escribió Viktor Frankl:

“No somos hijos de nuestro pasado, somos padres de nuestro futuro”.

Por la Dra. Elsa Edith Ríos Juárez

Directora del Instituto de Análisis Existencial y Logoterapia de Chihuahua

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