Hay ciudades que nacieron para el fútbol., Ciudades donde el estadio es la iglesia del domingo, donde los niños heredan la camiseta antes que el apellido y donde perder una final puede arruinar el humor de toda una semana y ciudades como Chihuahua donde no.
Aquí el fútbol siempre ha sido como ese primo que llega a la carne asada: cae bien, se le aprecia, pero al final nunca acaba de conectar en el ambiente. Porque seamos honestos. Al chihuahuense le gusta el fútbol… pero el de otro lado. Donde es fan desde lejos, donde respeten su espacio social y donde los precios sean modicos.
Han pasado proyectos, franquicias, ascensos, descensos, cambios de nombre, cambios de dueños y hasta equipos que duraron menos que una promesa de campaña en época electorera. Todos llegaron con la misma ilusión: convertir a Chihuahua en plaza futbolera.
Pero todos terminaron descubriendo la misma realidad. El problema nunca fue el balón. Fue el público.
Cada cuatro años sucede algo curioso: descubrimos que nos encanta el fútbol. Las oficinas dejan de producir, las carnes asadas aparecen entre semana y hasta el vecino que nunca ha pisado una cancha se convierte en analista deportivo. Durante un mes todos somos directores técnicos y sabemos exactamente qué necesita México para ser campeón del mundo.
Lo interesante es que el Mundial revela una contradicción muy chihuahuense. Nos apasiona el fútbol cuando es un evento, cuando hay banderas, reuniones y emoción colectiva. Pero cuando se trata de apoyar proyectos locales, llenar estadios o seguir una temporada completa, la historia cambia. Nos gusta el fútbol, sí, pero casi siempre el de otros.
. Preferimos adoptar historias exitosas que construir una desde cero.
Y con el Mundial de 2026 tan cerca de Chihuahua, esa realidad volverá a ponerse sobre la mesa. Viviremos la fiebre mundialista como nunca antes, discutiremos alineaciones, criticaremos entrenadores y volveremos a creer que ahora sí México dará el salto que lleva décadas prometiendo.
Y no es raro, pero curiosamente si tenemos nuestros deportes arraigados como el Beisbol y el Basquetbol pero han sido décadas de estar insistiéndole a la afición que apoye, por que la realidad es mas bien un gusto heredado de generación en generacion.
La realidad es clara, nos gusta el deporte si, pero el que no nos cuesta, el que se ve como deporte pero no como forma de vida, y con esa perspectiva…jamás se podrá dar un avance significativo en una industria donde pudieramos ser lideres nacionales.









