El enemigo útil: una pregunta incómoda para el PAN de Chihuahua

por | Oct 6, 2026 | Opinión

“Cuando alguien dedica demasiado esfuerzo a decirte quién es el enemigo, conviene preguntarse qué quiere que dejes de observar mientras miras hacia donde está señalando.”

Hay una pregunta que deberíamos hacernos quienes participamos en política con mucha mayor frecuencia:

¿por qué necesitamos enemigos?

No adversarios. No competidores. Enemigos.

Porque una cosa es reconocer que enfrente existe otra fuerza política que legítimamente pretende derrotarnos en las urnas y otra muy distinta es necesitar permanentemente a alguien a quien responsabilizar de nuestros problemas.

La historia política está llena de ejemplos de este fenómeno. El enemigo une. El enemigo simplifica. El enemigo permite dividir al mundo entre “nosotros” y “ellos”.

Cuando existe una amenaza suficientemente creíble, las diferencias internas pasan momentáneamente a segundo plano. Las personas dejan de preguntar qué está funcionando mal dentro de su propio grupo y comienzan a cerrar filas, las jerarquías se fortalecen, las decisiones se cuestionan menos.

Y todo puede justificarse mediante una frase extraordinariamente eficaz: “Tenemos que estar unidos frente a la amenaza”. El problema comienza cuando trasladamos esa lógica al interior de un partido y es aquí donde comienza la idea toral de este artículo.

Durante años los panistas hemos sabido perfectamente quién es nuestro adversario electoral. Hoy Morena ocupa buena parte del poder político nacional y competirá contra Acción Nacional por espacios relevantes en Chihuahua en 2027.

Eso es normal. Eso es democracia.

Lo que debería preocuparnos es otra cosa: que antes de llegar a enfrentar al adversario electoral comencemos a construir enemigos entre nosotros, porque hoy, el que cuestiona una decisión se convierte en desleal, el que aspira contra el candidato de otro grupo se convierte en obstáculo, el que pide competencia es señalado como divisionista, el que critica al gobierno es acusado de ayudar a la oposición.

Y desde el otro extremo también ocurre: quien trabaja en el gobierno automáticamente puede ser presentado como parte de una imposición; quien tiene cercanía con determinado liderazgo se convierte inmediatamente en sospechoso.

Así nace la lógica más cómoda de todas: si algo está mal, seguramente es culpa de alguien más.

La consecuencia es evidente. Si el problema siempre viene de afuera, nunca tenemos que revisar lo que ocurre adentro.

El PAN de Chihuahua atraviesa actualmente un proceso especialmente interesante rumbo a 2027. Un proceso en el cual nadie conoce a ciencia como se de desarrollara, ya que en Mayo los probables candidatos a coordinar municipalmente tomamos un acuerdo de al menos una primera etapa, ese acuerdo no se cumplió. Mientras en Morena parecen coordinarse y entender tiempos y reglas, en el PAN (al menos en municipio de Chihuahua), seguimos preguntando: ¿que sigue?.

Y quizá deberíamos dedicar menos tiempo a descubrir quién es “el malo” de esta historia y mucho más a exigir claridad sobre las reglas con las que todos vamos a participar.

Porque cuando convertimos la discusión en una guerra entre buenos y malos dejamos de hacer las preguntas verdaderamente incómodas.

¿Quién define el método?

¿Cuándo se conocerá?

¿Será exactamente el mismo para todos?

¿Qué peso tendrá la opinión de la ciudadanía?

¿Qué peso tendrá la militancia?

¿Cómo se utilizarán las encuestas?

¿Quién las realizará?

¿Qué ocurrirá si distintas mediciones arrojan resultados diferentes?

¿Habrá criterios previamente establecidos?

¿Y esos criterios permanecerán iguales desde el principio hasta el final?

Ésos son asuntos institucionales. No dependen de simpatizar con uno u otro aspirante.

Cuando alguien dedica demasiado esfuerzo a decirte quién es el enemigo, pregúntate qué quiere que dejes de observar mientras miras hacia donde está señalando. Y aplicada al PAN de Chihuahua, la pregunta funciona para absolutamente todos.

Si alguien nos dice: “El problema son los que critican”, preguntemos qué estamos dejando de discutir.

Si alguien asegura: “El problema son los funcionarios”, preguntemos exactamente lo mismo.

Si alguien sentencia: “El problema son los inconformes”, preguntemos ¿hay causa legitima en su inconformidad?

Si desde el otro lado se afirma: “El problema son los de Palacio”, también preguntemos ¿todos están de acuerdo con una imposición?

Y si mañana alguien intenta convencernos de que determinado aspirante, determinado grupo o determinada corriente constituye una amenaza para el partido, hagamos nuevamente la misma pregunta: ¿qué estamos dejando de mirar mientras discutimos sobre ese supuesto enemigo?

Porque probablemente descubriremos que la verdadera discusión no está en los nombres. Está en las reglas.

Carl Schmitt formuló una de las ideas más conocidas —y más controvertidas— de la teoría política del siglo XX: entender “lo político” alrededor de la distinción entre amigo y enemigo. Su concepción lleva la identidad política a construirse mediante la separación respecto del otro.

Llevada a nuestra vida partidista, esa lógica tiene una consecuencia peligrosa.

Podemos comenzar siendo panistas unidos frente a Morena y terminar construyendo pequeños “nosotros” dentro del propio PAN: los nuestros contra los suyos; los tradicionales contra los nuevos; los funcionarios contra los que están fuera; los militantes contra los ciudadanos; los que tienen candidato contra los que apoyan a otro.

Hasta que finalmente dejamos de preguntarnos qué necesita Chihuahua y dedicamos toda nuestra energía a determinar quién pertenece verdaderamente a nuestro grupo.

Ese camino puede producir cohesión. Pero será una cohesión cada vez más pequeña.

Una versión, un rumor, una supuesta traición, una fotografía, una conversación interpretada convenientemente o una encuesta pueden convertirse rápidamente en elementos para construir una historia completa:

“Ya decidieron.”

“Ya lo bajaron.”

“Ya entregaron la candidatura.”

“Éste es el bueno.”

“Aquél traicionó.”

“Éstos están operando contra nosotros.”

Puede ser cierto, puede ser falso, puede contener una parte de verdad. Precisamente por eso una organización seria no debería gobernarse mediante versiones. Debería gobernarse mediante reglas.

Y ahí está, para mí, la diferencia fundamental.

No necesitamos que alguien nos diga en quién confiar. Necesitamos un procedimiento suficientemente claro para que no tengamos que confiar ciegamente en nadie.

El enemigo interno del PAN podría ser algo mucho menos espectacular.

Puede ser la simulación, puede ser la exclusión, puede ser una regla que cambia dependiendo de quién va ganando. Puede ser utilizar la amenaza del adversario externo para exigir silencio interno. Puede ser convertir cualquier crítica en traición. Puede ser pensar que unidad significa obediencia.

Y también puede ser la soberbia de quienes creen que solamente existe democracia cuando el procedimiento favorece a su propio grupo.

Esos riesgos pueden presentarse en cualquier corriente.

Nadie tiene el monopolio de la virtud. Y nadie debería recibir automáticamente el papel de villano.

Acción Nacional tendrá que llegar unido a 2027 si pretende competir con fortaleza. Pero existen dos maneras radicalmente diferentes de conseguir esa unidad:

1.         Una consiste en construir un enemigo, generar miedo alrededor de él y pedir que todos cierren filas.

2.         La otra consiste en construir reglas suficientemente legítimas para que podamos competir, discutir, cuestionarnos y, terminado el proceso, reconocernos todavía como compañeros.

La primera produce obediencia. La segunda construye institución.

Por eso, durante los próximos meses, cuando alguien intente explicarnos quién es el responsable de todos nuestros problemas, quizá deberíamos recordar:

 Que mientras estoy mirando hacia donde me señalan, ¿qué está ocurriendo en el lugar del que aparté la mirada?

Tal vez ésa sea la pregunta que más necesitamos hacernos hoy los panistas en Chihuahua.

Porque nuestro problema quizá nunca haya sido tener demasiados enemigos.

Quizá nuestro problema comienza cuando necesitamos inventarlos para dejar de mirarnos a nosotros mismos.}

Por. Rafael Loera Talamantes

Columnista