Es el tema de conversación en todas las mesas de café donde se habla de política. Con Marco Bonilla no parece haber duda ni conflicto; al contrario, el alcalde de Chihuahua ha reiterado públicamente que está a favor de una alianza y mantiene una relación cordial con la dirigencia estatal del PRI.
Donde todavía no existe total claridad es con Santiago de la Peña. El secretario general de Gobierno no atraviesa por su mejor momento político con la dirigencia priista que encabeza Alejandro Domínguez, y en un momento dado difícilmente sería considerado como una posición natural dentro de una eventual negociación de alianza.
Y ahí comienza el verdadero problema. Porque en los corrillos políticos se comenta que el PRI estaría dispuesto a ir de frente y plantear una exigencia concreta: si hay alianza para la gubernatura, buscarían encabezar la candidatura a la Presidencia Municipal de Chihuahua para acompañar a Marco Bonilla en la elección estatal.
Eso chocaría directamente con el proyecto político de Santiago de la Peña. Es aquí donde se cruzan dos visiones. Por un lado, la estrategia de la gobernadora y su círculo cercano; por el otro, los intereses, acuerdos y amarres que puedan construir las dirigencias nacionales del PAN y del PRI dentro del tablero político nacional.
Hay una premisa básica en cualquier elección: los candidatos deben aportar votos a los partidos y no convertirse en una carga para ellos. Si ocurre lo contrario, la fórmula simplemente no funciona, especialmente cuando se anticipa una competencia cerrada y de alta intensidad.
Porque la batalla no solamente se librará en las campañas ni en las urnas. También se disputará en las mesas políticas, en los tribunales y en los centros de decisión nacional. Por eso quienes aspiren a ganar tendrán que hacerlo con una diferencia contundente; de lo contrario, podrían ganar en las urnas y terminar perdiendo en la mesa política.











