La naturaleza nos recuerda que todo ciclo tiene un cierre y una nueva oportunidad para florecer. ¿Estamos dispuestos a hacer lo mismo con nuestra vida?
Con la llegada de la primavera, no solo florecen las plantas: también se abren nuevos ciclos dentro de nosotros. Lo que durante el invierno parecía dormido, hoy despierta para recibir la luz, la energía vital y la posibilidad de renacer.
Recuerdo la frase de mi madre en la infancia:
“¡La primavera ha llegado y con ello la alegría, los días largos y las tardes de contemplación!”
En aquel momento percibía su emoción; hoy, siendo adulta, comprendo que era mucho más que una expresión: era un decreto de nuevos comienzos.
Y tú, ¿qué has dejado atrás en el ciclo anterior?
¿Cuáles son las áreas de tu vida que parecían apagarse y hoy comienzan a tomar un brillo especial?
La energía creadora se manifiesta en los pequeños espectáculos de esta temporada: los pájaros cantando, las plantas expandiendo sus hojas, los árboles creciendo su sombra, las flores mostrando sus colores y aromas. Cada imagen guarda recuerdos y anclajes emocionales que dan significado a nuestra vida.
Conectar con la experiencia desde la gratitud transforma nuestro presente.
Hoy sabemos que una forma de mantenernos saludables —como lo han mostrado distintas tradiciones contemplativas— es aprender a observar. Observar, escuchar, sentir y saborear la vida.
A esta práctica, la ciencia la ha denominado mindfulness, y ha demostrado múltiples beneficios: reducción del estrés, mejora en la calidad del sueño, mayor claridad mental, así como un incremento en la memoria y la atención. En esencia, se convierte en una herramienta para gestionar el torbellino emocional de la vida cotidiana.
Cuando cultivamos esta conciencia, nuestra vitalidad se incrementa y nuestra salud emocional se fortalece. Esto nos permite tomar mejores decisiones, responder en lugar de reaccionar y transformar la narrativa que construimos frente al dolor o la adversidad.
Así, nuestra mente evoluciona hacia vínculos más saludables. Al conectar con otros, no solo compartimos experiencias: también co-regulamos nuestros estados emocionales y construimos comunidades más resilientes, capaces de sostener la esperanza y actuar desde la compasión.
De esta manera, la espiral que nace dentro de nosotros —al percibir, sentir y resignificar la vida— nos convierte en espejos de posibilidad para quienes atraviesan momentos de ansiedad, pérdida o vacío.
Seamos, entonces, mensajeros de esperanza en nuestras comunidades. Embajadores del diálogo. Sembradores de semillas que, con constancia y conexión, florezcan incluso en medio de la tormenta.
La tarea de hoy es sencilla: mira a tu alrededor, contempla con gratitud y comparte esos regalos con quienes amas.
Aún hoy, recordar el jardín de árboles frutales junto a mi madre despierta en mí la esperanza. Ver las aves elevarse me conecta con la libertad. Sentir el sol iluminar el día me recuerda una verdad profunda:
Seamos fuente de vida para los demás.
Por la Dra. Elsa Edith Ríos Juárez
Directora del Instituto de Análisis Existencial y Logoterapia de Chihuahua







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