En medio de este jaloneo político donde Chihuahua parece convertirse en la cuerda de una competencia entre Morena y el PAN, hay algo que ya quedó bastante claro: aquí ya no se discute solamente quién gobierna… se discute quién domina.
Y mientras todos juegan a la geopolítica norteña, entre ruedas de prensa, marchas, acusaciones y declaraciones cruzadas, la gente sigue preguntándose algo mucho más sencillo:
¿Por qué no le ponen esa misma energía a trabajar?
Como dirían en muchas casas de Chihuahua:
“Póngale al marro.”
Porque pareciera que en México la política se sigue queriendo ganar desde la dentadura y no desde el músculo. Mucho discurso, mucha pose, mucha narrativa de resistencia y soberanía… pero pocas soluciones reales para el ciudadano que mañana tiene que levantarse igual a las seis de la mañana.
¿Cuántas iniciativas útiles?
¿Cuántas prioridades civiles?
¿Cuántos proyectos detenidos?
Todo por vivir eternamente como perros y gatos.
Y lo más curioso es que mientras arriba se pelean por el poder, abajo la vida sigue exactamente igual. Usted y yo seguimos haciendo lo mismo: salir a trabajar, pagar impuestos, dejar a los niños en la escuela, hacer fila, recoger la basura, sobrevivir al tráfico, llegar cansados a casa.
Porque si el PAN y Morena se pelean o no por Chihuahua, eso no le exenta a nadie de sus obligaciones. Y quizás eso mismo deberían entender también los políticos: gobernar no es vivir en campaña permanente.
Pero hoy pareciera que la prioridad es ganar la narrativa antes que resolver el problema.
Y mire qué irónico resulta todo: el PRI, ese partido que muchos daban por enterrado políticamente, hoy al menos trabaja en silencio mientras los demás convierten el estado en ring de box. Cómo cambia la vida. Antes eran el villano favorito; ahora parecen el tío incómodo que ya nadie invita, pero que al menos llegó temprano y ayudó a poner las sillas.
La marcha del fin de semana dejó otra lección importante: ganarse el voto en Chihuahua no se logra con palabrería.
Aquí la gente sigue siendo dura para creer. Y aunque hubo discurso, bandera y ruido mediático, el quórum dejó claro que la simpatía real no estaba completamente ahí.
O quizás sí estaba…solo que gran parte de sus simpatizantes ya están en imposibilidades físicas de marchar.
Y esa, aunque suene cruel, también es una realidad política que nadie quiere decir en voz alta.






