En una sociedad cambiante, que enfrenta los retos de la desconexión humana, lo individual comienza a diluirse entre las masas de las redes sociales. Cuando la superficie es lo único que muestran nuestros perfiles; cuando los cuerpos son hipervalorados y la imagen pública determina nuestra identidad y autoconfianza —como ocurre con el efecto inmediato de los “likes” o el desplazamiento constante en la pantalla del celular— surge una pregunta esencial: ¿es el amor un antídoto capaz de contrarrestar estas neurosis colectivas?
En el amor, las experiencias llenas de sentido recuperan su valor. Son estas las que nos rescatan de morir en vida, perdidos en el mar de posibilidades de un algoritmo que decide si mostrar nuestro contenido o hacerlo desaparecer.
El amor es el espacio donde dos esencias se encuentran y se conectan desde lo humano. Son momentos únicos e irrepetibles que, de acuerdo con la neurociencia, contribuyen a reducir los niveles de cortisol y favorecen la creación de entornos seguros de interacción. Un abrazo de al menos 11 segundos, una mirada profunda o un diálogo genuino permiten que nuestro cerebro se perciba visto, reconocido y valioso. Es entonces cuando se libera oxitocina —conocida como la hormona del amor—, generando estados de calma y bienestar.
Sin embargo, amar no es suficiente.
Las personas requerimos un nivel elevado de consciencia para reconocer nuestras heridas y, a partir de ello, buscar espacios que nos permitan sanarlas —terapia, talleres de desarrollo personal, procesos de psicoeducación— con el fin de vincularnos de manera saludable con la familia, la pareja, los amigos y la comunidad.
Cuando un ser humano inicia el camino del autoconocimiento, enciende un faro que ilumina su destino. Este proceso de autorreflexión abre la posibilidad de construir nuevas formas de relacionarse, más conscientes, más libres.
En ocasiones, será necesario establecer límites con aquellas personas con quienes no es posible relacionarse de manera segura, así como redefinir los códigos de nuestras relaciones futuras. Lo más importante en este proceso es rescatar los aprendizajes y asumir la responsabilidad de las heridas que nos llevaron a vincularnos desde lugares poco saludables.
La tarea de hoy es sencilla, pero profunda: elabora una lista de las relaciones que nutren de sentido tu vida. Pregúntate: ¿es amor?, ¿es apego?, ¿es necesidad? La respuesta suele aparecer cuando te descubres sosteniendo la carga emocional del vínculo, preocupándote por el equilibrio de la otra persona mientras dejas en segundo plano tus propias necesidades.
Detrás de tu valor personal se encuentra la fortaleza para cerrar ciclos, incluso cuando sientes que el corazón se parte en dos. Hay relaciones que son bellas, pero que, en su intensidad, también pueden consumirnos.
Dra. Elsa Edith Ríos Juárez
Directora del Instituto de Análisis Existencial y Logoterapia de Chihuahua






0 comentarios