La marcha que prepara el PAN para este fin de semana representa mucho más que una simple manifestación política. En realidad, se trata de una prueba de capacidad de convocatoria en un momento en el que la ciudadanía parece estar cada vez más distante de la dinámica partidista tradicional.
El gran desafío para los panistas es que esta movilización llega apenas una semana después de otro fin de semana cargado de actividad política, algo que puede generar cansancio entre la población y disminuir el interés de quienes no están plenamente identificados con una causa partidista.
Está dándose una especie de obsesión permanente de los partidos por demostrar fuerza a través de las calles, cuando muchas veces la ciudadanía está más preocupada por temas cotidianos que por asistir a actos de respaldo o protesta.
Además, el contexto político vuelve el reto todavía más complejo. Morena ha demostrado en distintas ocasiones una importante capacidad de movilización y una estructura territorial capaz de reunir a miles de personas cuando se lo propone. Eso coloca una vara alta para cualquier fuerza política que pretenda medir músculo en las calles. Si la respuesta a la convocatoria panista no es la esperada, inevitablemente surgirán comparaciones y cuestionamientos sobre el nivel real de respaldo que conserva entre sus bases.
Por ello, más allá del mensaje que pretenda enviar la marcha, el verdadero examen estará en la participación. Una asistencia sólida podría interpretarse como una muestra de organización y vigencia política; sin embargo, una respuesta discreta tendría el efecto contrario y podría exhibir una desconexión entre la dirigencia y su militancia. En política, las movilizaciones siempre generan expectativas, pero también riesgos, y en esta ocasión parece que el PAN tiene más que perder que ganar si sus simpatizantes deciden quedarse en casa.





