Tal como se anticipaba en varios escenarios legislativos, la reforma electoral impulsada por el gobierno de Claudia Sheinbaum finalmente no logró avanzar en la Cámara de Diputados. Pero el punto clave no fue la oposición, sino las divisiones dentro del propio bloque oficialista.
Los aliados tradicionales de Morena, particularmente el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México, optaron por no respaldar completamente la iniciativa. Para muchos dentro de esos partidos, la reforma implicaba cambios que podrían debilitar su propia supervivencia política a mediano plazo.
En la lógica parlamentaria, la decisión fue clara: mejor enfrentar críticas ahora que aprobar una reforma que pudiera reducir su peso político en el futuro. La reacción dentro de sectores más duros del oficialismo no tardó, y en redes sociales comenzaron los señalamientos de “traición” y oportunismo contra quienes no acompañaron el proyecto.
Incluso hubo división, ya que algunos legisladores sí votaron a favor de la reforma. Entre los nombres que se mencionan en la grilla política del estado están Roberto Corral —conocido como “Nono” en la región de Cuauhtémoc—, que fue el único del PT en votar a favor.
El episodio abre un nuevo capítulo en la relación entre Morena y sus aliados. Aunque públicamente todos mantienen el discurso de respaldo al proyecto político del llamado “segundo piso de la Cuarta Transformación”, las tensiones internas evidencian que las alianzas electorales también se negocian con cálculos de supervivencia.
En estados como Chihuahua, estas fracturas podrían tener efectos rumbo a 2027. El PT, por ejemplo, mantiene presencia territorial en algunas regiones y no necesariamente está obligado a ir siempre en la misma coalición. Si en algún momento decide explorar otras alianzas locales, podría complicar la aritmética electoral.
Al final, mientras la clase política se enfrasca en debates sobre reformas, alianzas y traiciones, la percepción ciudadana suele ser más simple: para muchos electores, estas disputas internas pasan a segundo plano frente a los problemas cotidianos. Y eso explica por qué, en ocasiones, la distancia entre la grilla política y la vida real de la gente sigue siendo tan grande.






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