
En Chihuahua contamos con un superpoder peculiar: indignarnos con pasión por todo lo que ocurre en el mundo, siempre y cuando no pase en nuestra propia tierra. Si se bombardea Ucrania, somos expertos en geopolítica y publicamos “Pobres ucranianos, ese Putin desgraciado”. Si cae un misil en Gaza, ya estamos con el megáfono virtual: “¡Palestina, resiste!”. Si aparece una foto de niños hambrientos en África, basta un emoji lloroso y un repost que nadie abrirá para sentirnos activos, informados y moralmente impecables. La solidaridad global corre por nuestras venas como un Starbucks mediano a medio terminar: humanitarios, solidarios, justicieros… pero solo mientras el drama venga con subtítulos en inglés y una distancia segura de tres husos horarios.
Cuando se trata de ver hacia adentro, la brújula moral se descompone. La Sierra Tarahumara, a escasos kilómetros al norte. Y ahí nos incomoda: ayudar a los nuestros requiere trabajo, implica incomodarse, entender realidades. Preferimos juntar firmas digitales por Palestina que escuchar la música triste que tocan los Rarámuri en los cruceros para sobrevivir.
Eso sí, nada nos enciende como el agua. Cuando abrieron La Boquilla, todos nos convertimos en hidrólogos de cantina, defensores del líquido vital, héroes de presas en Facebook: “¡Es nuestra agua! ¡No al saqueo federal!”. Casi revolución… hasta que llegó el calor, llenamos las albercas, prender los los minisplits de la casa (eso si con diablitos en el medidor) y se nos olvidó que cada chapuzón restaba unos litros a la causa que decíamos defender. Activismo condicionado por la temperatura ambiente.
La relación con Estados Unidos merece capítulo propio. Condenamos la intervención norteamericana en cualquier país: “¡Imperialistas, abusones, colonizadores!”. Pero cuando el político rubio insinúa que podría venir a “arreglar” el asunto del narco, no falta quien diga con voz baja: “Pos… igual y estaría bien”. Ahí sale el sueño fronterizo: calles limpias, leyes que se cumplen, seguridad tipo El Paso y cero extorsiones. Total, ya vamos a los outlets cada quincena y compramos más en Cielo Vista que en cualquier mercado local. La verdad que pocos admiten es simple: ocho de cada diez chihuahuenses fantasean con vida americana. Somos mexicanos cuando conviene y medio texanos cuando el dólar nos sonríe.
Chihuahua quiere formar parte del mundo, pero sin asumir que el mundo le incluye. Nos sobra indignación para tres continentes, pero nos falta energía para mirar la pobreza de la Sierra, la sequía que amenaza cosechas, la violencia que se normalizó al grado de usarse de referencia geográfica. Activismo global y amnesia doméstica: combo casero.
Porque la verdad incómoda es que no se puede salvar el planeta cuando se deja arder el propio patio. Queremos condenar invasiones, golpes de Estado y abusos petroleros, pero seguimos confundiendo compromiso con conexión Wi-Fi. Soñamos con soluciones externas, modelos importados, salvadores con acento inglés, mientras ignoramos que aquí, en casa, los problemas siguen esperando manos.
Chihuahua tiene derecho a opinar del mundo, claro que sí. Pero si de veras queremos ese lugar en la mesa global, primero hay que limpiar la cocina: mirar nuestra sierra, nuestras presas, nuestras calles, y nuestros desaparecidos. No se mide por la distancia del conflicto, sino por la cercanía con quien necesita ayuda. Que salvar al mundo está bien, pero primero hay que salvarnos a nosotros mismos.






Lo mejor que leí hoy
Pobres Petrozolanos.
¿Qué se puede hacer en la Sierra Julito?
..muy buen análisis ciertamente aunque nos incomode un poco
Pobres Petrozolanos