
En la capital volvió la conversación que cada cinco años resucita con uniforme nuevo: “Ahora sí tendremos equipo de Primera… o mínimo de Expansión.”
La idea, de entrada, no es descabellada. Dinero hay. Un par de empresarios pueden sostener nóminas sin sudar. Apoyos gubernamentales también están listos —porque un estadio no solo sirve para fútbol, sirve para conciertos, eventos masivos, política y cualquier cosa que justifique la inversión pública. La infraestructura se puede proyectar. La nómina también: jugadores reciclados de clubes grandes, cinco extranjeros cumplidores, un “ancla” mediático para vender camisetas y generar morbo. El libreto ya lo conocemos. Ahí está el ejemplo de los FC Juárez: no se necesita mucho para arrancar… en papel.
El problema no es iniciar.
El problema es sostener.
Porque el fútbol profesional no vive de la inauguración ni del primer torneo. Vive del día del juego con frío con estadio medio vacío. Vive del partido contra el lugar 15 de la liga. Vive del abono pagado aunque el equipo lleve cuatro derrotas seguidas.
Y ahí aparece el gran pero: la afición.
Chihuahua capital no ha demostrado ser mercado masivo para el fútbol. Hace menos de cinco años vimos dos pruebas claras: el fallido proyecto de Chihuahua FC y el experimento con Savage en fútbol rápido. Sus asistentes eran de nicho: gente que juega, que entiende, que le gusta el deporte más por estrategia que por espectáculo.
Pero el fútbol no es consumo rápido. No hay golpes como en el futbol americano y no hay puntos constantes como en el básquet. Es paciencia, táctica, desgaste. Y seamos honestos: al chihuahuense promedio le cuesta sentarse dos horas a ver un 0-0 bien planteado.
Ni siquiera llenamos consistentemente recintos con más de medio siglo de arraigo. El Manuel Bernardo Aguirre no revienta cada semana. El Monumental se llena en finales… o cuando juega Parral y lo ocupan los parralenses que viven aquí. En temporada regular, la pasión se administra.
Ahora imagínese un equipo de fútbol.
Demos el beneficio de la duda. Supongamos que ocurre el milagro y la ciudad responde. Aun así, la Primera División no llega con maletín en mano. No basta con decir “deme el caballo más caro que tenga”. Aquí el dinero no lo es todo. El tiempo, la infraestructura y la certificación pesan más que el entusiasmo.
No hay estadio.
No hay franquicia confirmada.
Y los rumores —como el que involucra al Club Puebla— suenan más a ingeniería financiera que a anuncio formal. La jugada, si existiera, sería compleja: mover piezas entre Liga MX y Expansión, vender, reubicar, esperar certificaciones. Nada inmediato. Nada sencillo. Y sin condiciones listas, nadie te regala la máxima categoría.
¿Y que es lo que sucederá? Puebla sera vendido a una franquicia de expansion que si, tenga YA las condiciones a corte plazo para poder jugar en la maxima del futbol nacional, para después esa franquicia que quedo vacante en la liga de ascenso sea adquirida por lo que se pretende sea el equipo chihuahuense y eso si bien va, pero seguramente nos toca comer migajas de una segunda division o de ascenso, tal y como hace un par de años.
Porque en el fútbol mexicano, aunque suene romántico, el dinero no compra tradición. Compra oportunidad. Y la oportunidad exige estructura.
Así que antes de diseñar el escudo, antes de discutir colores y antes de imaginar el estadio en el terreno de moda, conviene hacer la pregunta incómoda:
¿La gente irá cuando el equipo pierda?
¿Habrá abonos vendidos en masa?
¿Se sostendrá el proyecto cinco años sin depender del entusiasmo inicial?
Chihuahua puede pagar la entrada.Pero no está claro que quiera quedarse todo el partido.
Primero piense si es negocio.
Después si es viable.
Y al final, si de verdad estamos listos para algo que no se inaugura… sino que se sostiene.







Excelente columna muy bien aterrizada, basada en hechos y sobre todo en historia