
El fin de año en Chihuahua ya no se baila como antes, se sobrevive. Aquellos tiempos de grandes bailes, salones abarrotados, grupos estelares y mesas numeradas quedaron archivados junto a los trajes brillosos y las corbatas de moño. Hoy la despedida del año se volvió más íntima, más casera, más de “a ver quién trae la bocina”.
La ciudad cambió la pista por la sala, el salón por el patio y el evento formal por la reunión improvisada. Ya no se necesita contratar orquesta ni esperar el flyer impreso: con un karaoke, una rockola, una bocina bluetooth del tamaño de un refrigerador y, si hay suerte, un grupo en vivo de esos que se anuncian por WhatsApp, la fiesta queda armada. Chihuahua descubrió que la celebración no estaba en el lujo, sino en la logística.
Y no es que falte ganas de festejar, es que ahora el fin de año se vive en círculos pequeños, controlados, casi familiares. La mesa larga se reemplazó por hieleras estratégicamente colocadas, la cena elegante por carne asada de último momento y el brindis colectivo por múltiples brindis desfasados, porque alguien siempre anda buscando el vaso.
Eso sí, hay una tradición que se niega a morir y que, año con año, escala de nivel: los cuetes, sin hacer referencia a tus tios; nos referimos a esos que a las once de la noche Chihuahua ya no parece ciudad, parece zona de conflicto. Los estallidos comienzan tímidos, como ensayo, y a la medianoche el cielo se convierte en un archivo sonoro digno de un noticiero internacional: explosiones por todos lados, luces, detonaciones y esa duda colectiva de si eso fue pirotecnia o ya empezó la balacera.
No hay colonia que se salve. Del norte al sur, del oriente al poniente, el sonido es el mismo: un Irak 2006 versión desierto chihuahuense. Perros alterados, niños fascinados, adultos resignados y uno que otro vecino que jura que “este año sí se pasaron”. Y se pasan, claro, pero como todo en esta ciudad, se normaliza.
Así se va el año en Chihuahua: sin grandes escenarios, pero con grandes ganas; sin orquesta, pero con playlist; sin protocolo, pero con tradición. Porque aquí entendimos que no hace falta un evento masivo para despedir el calendario, basta una bocina, un pretexto y la firme convicción de que, pase lo que pase, el próximo año también lo vamos a festejar… aunque sea con tapones para los oídos…¡feliz año para todos!






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