La vida nos confronta inevitablemente, en distintos momentos, con la necesidad de dejar ir: personas, proyectos, pertenencias o incluso versiones de nosotros mismos que evolucionan y se transforman. En cada uno de esos momentos emerge una crisis existencial, caracterizada por la incertidumbre ante el futuro, la hiperreflexión sobre aquello que nos amenaza y el deseo de volver a lo que fue, mientras una fuerza interna —a veces inconsciente— nos impulsa a no mirar atrás.
Atravesar el duelo representa la oportunidad de dialogar con el vacío en sus propias sombras: descubrir qué te pide la vida en medio del laberinto de la pérdida y encontrar respuestas escondidas en la penumbra de una noche sin dormir, en una mañana de llanto, en la nostalgia de lo que fue y en el suspiro que aparece al imaginar lo que pudo ser.
Al final del túnel, una luz se enciende y revela la posibilidad de escucharte para reconstruir tu historia, integrando tu libertad (capacidad de decisión) con tu responsabilidad (capacidad de respuesta). Es en ese punto donde comienza a revelarse el sentido del “¿para qué?”. Permanecer atrapados en el “¿por qué?” nos coloca contra la pared e impide ver las posibilidades que se abren del otro lado del camino.
Una herramienta fundamental para transitar estos pasillos de dolor es la consciencia. Desde la Logoterapia, se le considera el órgano del espíritu: aquello que nos permite reconocer con claridad los aprendizajes, los nuevos recursos y los regalos ocultos detrás del sufrimiento. Suelo decirles a mis consultantes que el dolor es como un regalo que, por fuera, puede parecer hostil, pero guarda en su interior joyas que Dios, el Universo o la Creación han reservado únicamente para ti.
Destapar ese regalo no es sencillo. Con frecuencia viene acompañado de emociones intensas: ira, tristeza, frustración, desamor, abandono y miedo. Sin embargo, cuando esos regalos comienzan a revelarse, la mente se expande, el corazón se abre a nuevas posibilidades y la esperanza encuentra nuevamente su lugar.
La clave está en no perder de vista el destino. Así como un navío en medio del naufragio busca el faro que le indique el rumbo, los seres humanos necesitamos encender nuestra propia brújula interior: esa consciencia que nos guía hacia el lugar donde podremos tocar tierra firme y descansar después de un trayecto turbulento, pero profundamente transformador.
La tarea de hoy, si el vacío ha llegado a tu vida, es preguntarle directamente a la existencia:
¿En qué persona me estoy convirtiendo?
¿Qué recursos estoy desarrollando a través de esta experiencia?
¿Hacia dónde se dirige la mejor versión de mí cuando la duda desaparezca?
¿Cómo se vería esta escena de mi vida sin mí?
¿Y cómo se ilumina cuando estoy presente?
¿Qué relaciones y metas le dan sentido a mi vida en este momento, y no serían las mismas sin mí?
El dolor no atraviesa la vida para dejarnos vacíos. El vacío es transitorio. Cuando respiramos profundo, llenando nuestros pulmones de aire, el cerebro se oxigena y la consciencia se expande, revelando nuevas respuestas que dan sentido a la versión de nosotros que emerge, renovada, desde la oscuridad.
Por la Dra. Elsa Edith Ríos Juárez
Directora del Instituto de Análisis Existencial y Logoterapia de Chihuahua





