El carrito abandonado: radiografía de Chihuahua en oferta permanente

Abr 10, 2026 | Opinión

Todos en esta ciudad hemos ido, a lo que para muchos se a convertido; supermercado local que nos ha educado como consumidores y no esperamos recibir menos en otro lugar de lo que ellos ofrecen con sus pasillos siempre limpios, el anaquel siempre lleno, las cajas abiertas y los empleados haciendo su trabajo como si alguien sí hubiera leído el manual completo. Un pequeño oasis de orden en medio del caos cotidiano.


Ahí dentro todo es perfecto, o casi.


Porque basta cruzar las puertas automáticas para que la magia se rompa. Afuera, en el estacionamiento, aparece la verdadera postal de la ciudad: carritos abandonados por todos lados, atravesados, recargados en banquetas, invadiendo cajones, convertidos en esculturas modernas del “ahorita no tengo tiempo”.


Y ahí, justo ahí, está la alegoría de lo que somos.


El chihuahuense es impecable dentro del sistema…siempre y cuando haya alguien supervisando. Cumple, paga, trabaja, consume, se comporta. Pero cuando la responsabilidad depende únicamente de su propia voluntad, cuando nadie lo está viendo, cuando no hay reglamento inmediato ni consecuencia directa; aparece el pequeño acto de rebeldía: dejar el carrito donde sea.


Total, alguien más lo va a recoger…sea o no sea empleado, que para eso pago


Ese “alguien más” es el resumen perfecto de nuestra cultura social. Ese ente invisible al que le delegamos lo que no queremos hacer. El mismo al que le dejamos los problemas públicos, la política, la basura, el orden, la ciudad.
Y no es falta de capacidad.


 Es costumbre.


El carrito no pesa. No cuesta. No implica más que unos pasos de regreso. Pero representa algo mucho más grande: la línea delgada entre ser parte del sistema o simplemente usarlo.
Dentro del supermercado somos ciudadanos ejemplares…Fuera, somos usuarios.Y eso explica muchas cosas.


Explica por qué exigimos tanto hacia arriba, pero concedemos tanto hacia abajo. Por qué el orden nos encanta siempre que venga impuesto. Por qué la idea de comunidad nos parece buena  hasta que implica incomodidad personal.


En Chihuahua vivimos en esa dualidad: una sociedad que sabe funcionar, pero que a veces decide no hacerlo. Que entiende las reglas, pero escoge cuándo aplicarlas.


Si uno junta todas las postales que hemos ido armando —el carrito abandonado, el concierto a medio llenar, el frío como excusa, la vivienda que aparenta más de lo que resuelve, el “evento gratis” a reventar— empieza a dibujarse algo más claro que cualquier encuesta: el perfil del chihuahuense.


No como estereotipo, sino como comportamiento repetido.


El carrito del supermercado es el punto de partida: sabemos cómo funciona el sistema, participamos en él, pero rara vez damos el paso extra cuando la responsabilidad deja de ser obligatoria. No es incapacidad, es decisión. Es esa lógica del “yo cumplo… hasta donde me toca”.


Somos algo más complejo: una sociedad que sabe cómo debería funcionar, pero que elige selectivamente cuándo hacerlo.
Y eso nos hace interesantes… y también predecibles.


Porque el chihuahuense no es indiferente, pero tampoco es constante. No es desordenado, pero tampoco es metódico. No es tacaño, pero sí calculador. No es apático, pero sí práctico.


Es, en esencia, un negociador con la realidad.


Negocia el gasto, negocia el esfuerzo, negocia la participación, negocia el compromiso. Siempre buscando el punto donde obtiene lo suficiente sin dar de más.
Por eso el carrito se queda afuera.
 Por eso el concierto se llena solo si conviene.
 Por eso el frío detiene la ciudad.
 Por eso la política se decide más por percepción que por propuesta.
Y por eso Chihuahua avanza… pero a un ritmo lento.

Julio Rodriguez

Nacido bajo el signo de Tauro, Mercadólogo de profesión con más 15 años en el área de publicidad, comunicación y producción audiovisual. Asegura que las pizzas están sobrevaloradas y piensa que la gente ausente causa una mejor impresión.

1 Comentario

  1. Muy descriptiva exposición, parece que es como un retrato en vivo..

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