Donald Trump es Chihuahuense?

Mar 20, 2026 | Opinión

Para entender a Donald Trump no hace falta irse a Washington. Basta con imaginar su propia calle.
Suponga que usted lleva años construyendo algo que en Chihuahua valoramos más que cualquier discurso: orden. Paga sus impuestos, arregla su casa, mantiene limpio su frente, respeta el cajón de estacionamiento y, poco a poco, logra que los vecinos entren en la misma dinámica. No por imposición, sino por costumbre. Por reciprocidad. Por esa cultura silenciosa donde todos entienden que vivir mejor implica respetar al de al lado.


No es perfecto, claro. Hay roces, hay diferencias. Pero hay reglas no escritas que se cumplen. Y eso, en cualquier comunidad, es oro.


Ahora imagine que empiezan a llegar nuevos vecinos.
Algunos se integran. Otros no tanto. Y hay quienes, desde el primer día, rompen la lógica del barrio: ruido a deshoras, basura fuera de lugar, desinterés por las normas, poca intención de adaptarse. No todos son iguales, por supuesto. Hay perfiles A, B, C… y también los que llegan empujados por necesidad, no por elección.


Pero el punto no es quiénes son. El punto es cómo los percibe quien ya construyó algo y ahí es donde entra la lógica de Trump.


Su visión —simplificada, directa, sin matices elegantes— es la de alguien que siente que su barrio ya tiene reglas y que no todos los que llegan están dispuestos a respetarlas. Y ante eso, responde como respondería cualquier vecino que siente amenazado su orden: cerrando, limitando, endureciendo.
Proteccionismo.No es una idea nueva. Tampoco es exclusiva de Estados Unidos. Es, en el fondo, una reacción humana llevada a política pública: cuidar lo propio antes de abrirle la puerta a lo ajeno.Y aquí es donde la conversación se vuelve incómoda.


Porque ese mismo pensamiento no es tan ajeno como quisiéramos admitir. En Chihuahua lo hemos visto —y vivido—. Durante años, cuando las caravanas de migrantes de Centroamérica cruzaban por el estado rumbo al norte, la reacción no siempre fue solidaria. Hubo empatía, sí. Pero también hubo rechazo, molestia, distancia.Y una frase que resume toda una cultura:


 “Ponte a trabajar.”


No era política internacional. Era lógica de barrio.


La misma que hoy muchos critican cuando viene desde la Casa Blanca, pero que en lo cotidiano aplicamos sin cuestionar. Porque una cosa es hablar de solidaridad desde el discurso, y otra muy distinta es cuando esa realidad toca tu entorno inmediato.Estados Unidos, al final, es un país construido por migrantes. Pero también es un país que, con el tiempo, desarrolló reglas, estructuras y una idea muy clara de lo que considera orden.
¿Es correcta?
¿Es entendible?
Porque el proteccionismo no nace del odio únicamente. También nace del miedo a perder lo construido. Del temor a que el equilibrio logrado durante años se descomponga en poco tiempo.Y si somos honestos, cualquiera que haya invertido tiempo, dinero y esfuerzo en construir algo una casa, un negocio, una comunidad entiende ese instinto.


El problema es cuando ese instinto se convierte en política sin matices. Cuando la excepción se vuelve regla. Cuando todos los nuevos vecinos son vistos como problema antes de ser oportunidad.


Pero tampoco se puede ignorar el origen del pensamiento.
Trump no inventó esa lógica.
 La amplificó.
Y quizá por eso conecta con tantos:
 porque, en el fondo, no habla como diplomático…habla como vecino.Uno que defiende su calle, aunque en el proceso incomode a medio mundo.

Julio Rodriguez

Nacido bajo el signo de Tauro, Mercadólogo de profesión con más 15 años en el área de publicidad, comunicación y producción audiovisual. Asegura que las pizzas están sobrevaloradas y piensa que la gente ausente causa una mejor impresión.

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