
En Chihuahua hay nuevos rascacielos que no se elevan por nostalgia ni por moda… sino porque alguien, en algún despacho con aire acondicionado, decidió que era el futuro. Y como siempre, la pregunta es la misma: ¿para quién?
El fenómeno de la vivienda vertical ha pasado de ser un concepto europeo o de las grandes metrópolis a una frase repetida en juntas de desarrolladores y campañas de marketing inmobiliario. Se promueve como la gran solución para vivir “más cerca de todo”: escuelas, transportes, servicios, supermercados, trabajo y vida urbana moderna.
Este concepto forma parte de la política pública “Ciudad Cercana”, un plan municipal diseñado para aprovechar mejor las áreas urbanizadas donde ya existen servicios e infraestructura, incentivando a constructores con descuentos fiscales que van desde el 50% hasta 80% en impuesto predial. Y no esta mal pero aquí, entre la teoría y la práctica, hay un salto más grande que cruzar el periférico de lado a lado a pie.
Primero lo primero: la vivienda vertical sí está “detonando” por sectores como el Mirador y el Centro Histórico, con proyectos de lofts, dúplex y departamentos que empiezan a dibujar una panoramica diferente.
Pero a diferencia de Monterrey o CDMX, donde la densificación se alimenta de mercados laborales intensos y vida urbana vibrante, Chihuahua no tiene ese ritmo de actividad económica diaria. Aquí seguimos siendo esa ciudad donde preferimos regresar a la casa aunque tengamos que pasar 40 minutos atorados en el tráfico, antes que activar la vida comercial cercana al trabajo.
El negocio, como suelen hacer las constructoras, es bastante sencillo: compras un terreno amplio, la casa en disputa de los abuelos, ahorcados financieros, lugares intestados, con ubicación “decente”, adquieres incentivos fiscales y construyes departamentos “Aesthetic» con menos cajones de estacionamiento de los que exige el sentido común, por que en Chihuahua todos tenemos mas de auto en casa; y esperas que el mercado se los coma. Lo increíble es que los costos de construcción, licencias y terrenos se presentan como el gran potencial de plusvalía… siempre y cuando se vendan.
Y ahí está el problema: ¿quién en Chihuahua puede pagar el sueño de vivir en vertical?
Los salarios promedio no dan para pagar un departamento “noeyorkino” sin comprometer tres generaciones familiares. Y cuando alguien lo compra, sorpréndase: el destino recurrente de muchos de estos inmuebles es Airbnb o renta de corto plazo, porque ni siquiera los mismos inversionistas festivos quieren pagar mantenimiento, predial y cuotas de condominio mes a mes. ¿El chihuahuense? Ese ni siquiera quiere entender que hay que pagar por la pluma del fraccionamiento… mucho menos cuotas de mantenimiento para un edificio.
Porque aquí, expandirse es ley no escrita: si tiene terreno, ¿para qué no hacerle otra habitación, otro cajón o expandir la barda?
Si no me cree, asómese a la zona de El León y vea cómo las casas están llenas de modificaciones que nadie pidió, pero todos justifican.
Y eso nos lleva a otra contradicción que pocos mencionan: Chihuahua tiene territorio de sobra. Pero la queja siempre esta, «Ya no hay terrenos baratos». Si, si hay pero no están donde usted quiere ni con el paisaje de John Dutton en Yellowstone.
Entonces la pregunta real no es si Chihuahua está listo para la verticalidad…si y no, si nuestra economía, nuestra cultura urbana y nuestros salarios están listos para ese salto.
Porque en este momento, la «verticalización» parece más negocio para desarrolladores y especuladores que para familias que buscan estabilidad, calidad de vida y sentido de comunidad. Puede que Chihuahua esté imitando las ciudades grandes, pero no hemos aprendido del todo a vivir como ellas.
La esencia urbana no se trata de apilar la vidas, ni de recibir el apoyo de las autoridades. Se trata de que la gente quiera y sobre todo pueda vivir ahí.






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