
En Chihuahua las elecciones no llegan: se van sintiendo. Como el viento helado de Febrero que no pide permiso, pero todos saben que ya está ahí. Falta todavía calendario, faltan registros, faltan sonrisas falsas en espectaculares, pero la conversación ya comenzó en el lugar donde realmente se decide el rumbo político del estado: la carne asada del domingo, la banqueta al caer la tarde y el café donde nadie milita, pero todos opinan.
El chihuahuense, a diferencia de otras geografías más volátiles del país, no cambia de partido por moda. Aquí la política se hereda como el apellido y el terreno. Si el abuelo fue priista, la familia carga esa memoria como quien guarda una foto vieja: aunque esté amarillenta, no se tira. No es lealtad ciega, es costumbre. Y la costumbre, en esta tierra, pesa más que cualquier encuesta.
Eso no significa que no haya cambio. Lo hay. Pero aquí el cambio ocurre como todo lo importante en Chihuahua: lento, con desconfianza, y solo cuando la incomodidad supera al orgullo. No somos un pueblo que corre hacia el futuro; somos uno que camina hacia él, volteando a ver si no olvidó algo atrás.
Y con ese ritmo llegamos al 2027.
Hoy, el nombre que encabeza la conversación no es una persona, es una marca: Morena. Un fenómeno que logró lo que parecía imposible hace apenas dos décadas: convertir la insistencia en poder. No importa si se llama Cruz, Andrea, Juan Carlos o Ariadna. El peso no está en el candidato, está en el logotipo. Morena es, hoy por hoy, una marca política que aprendió a instalarse en la mente colectiva con la precisión de quien entendió que la política moderna no se gana con ideología, sino con presencia.
Pero en Chihuahua su dominio es relativo. Su bastión más visible es Ciudad Juárez, una ciudad que no se parece a ninguna otra del estado. Juárez es frontera, tránsito, espera. Es una ciudad construida por quienes llegaron para irse… y se quedaron. Ahí, Morena encontró terreno fértil, no por convicción ideológica profunda, sino por necesidad social. El migrante interno, el trabajador flotante, el que llegó buscando prosperidad, encontró en esa marca una promesa más cercana que las estructuras tradicionales que nunca lo adoptaron del todo.
No es que Juárez sea morenista por naturaleza. Es que Morena entendió a Juárez como fenómeno.
Mientras tanto, el Partido Acción Nacional observa. No derrotado, pero sí incómodo. El panismo sigue teniendo algo que en Chihuahua vale más que cualquier discurso: arraigo. Y su carta más fuerte ni siquiera necesita presentación formal. El alcalde de la capital ha logrado algo inusual en estos tiempos: aceptación que no depende del partido, sino de la percepción. Y en política, la percepción es la única realidad que importa.
El reto del PAN no es convencer a sus votantes. Es evitar que se dividan. Porque en Chihuahua las elecciones no siempre las gana el más querido, sino el que logra que el otro se fracture.
Más atrás, como un fantasma que se niega a desaparecer, está el PRI. Un partido que alguna vez fue sinónimo de gobierno y hoy es sinónimo de recuerdo. No está muerto, pero tampoco está vivo. Existe en ese limbo donde sobreviven las instituciones que fueron demasiado grandes para desaparecer de golpe. Sus militantes siguen ahí, dispersos, muchos refugiados en otros colores, esperando quizá el momento en que la marca vuelva a significar algo más que nostalgia.
Movimiento Ciudadano, por su parte, sigue siendo promesa en un estado que todavía no decide si quiere escucharlo. Ha probado su fuerza en otras tierras, pero Chihuahua no es Jalisco ni Nuevo León. Aquí la confianza no se regala; se gana con tiempo, presencia y terquedad.
Al final, como siempre, usted tiene la última palabra.
Aquí no gana el que promete el futuro.
La moneda está en el aire, girando con esa parsimonia que caracteriza a Chihuahua, donde nada se decide rápido y todo se decide en serio. El partido que quiere ganar, no dependerá del terreno que ya presume, sino del que aún no entiende. La clave no será conservar a los convencidos, sino conquistar a los desconfiados, que en esta tierra son mayoría silenciosa. Porque en Chihuahua el poder no lo tiene el que más promete, sino el que logra que el ciudadano, aunque sea por un momento, decida creer otra vez.Porque al final, en Chihuahua no se vota por ilusión. Se vota por equilibrio. No buscamos estar mejor; buscamos estar menos peor. Es una filosofía modesta, pero honesta.







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