Amor propio: la medicina que cura la amargura

por | Jun 4, 2026 | Opinión

Los valores que orientan nuestras acciones y relaciones son matices que dotan de sentido a nuestra identidad. Sin embargo, estos valores están conectados con una serie de creencias que heredamos de generación en generación, y son estas las que sostienen muchas de las actitudes que adoptamos frente a las diversas situaciones de la vida. Por ello, cuestionar nuestros paradigmas y los argumentos que dan origen a nuestras conductas es de suma importancia, pues este ejercicio nos permite vivir con mayor consciencia y evolucionar de manera constante.

Las relaciones humanas son ingredientes esenciales que dan sazón a nuestra existencia. Vincularnos con las personas desde la consciencia nos permite elevar nuestros vínculos y construir historias de vida que se narran desde la experiencia y el aprendizaje. En este sentido, las creencias de género nos han llevado a distribuir expectativas que conforman los estereotipos de hombres y mujeres. A las mujeres se nos ha asignado el rol del cuidado, el soporte y la capacidad de entregarnos al mundo; mientras que a los hombres se les han atribuido funciones de protección y fortaleza que, en muchas ocasiones, les alejan de la posibilidad de sentir o mostrarse vulnerables.

El impacto de estos modelos sociales es profundamente doloroso tanto para las mujeres como para los hombres. Las mujeres terminamos sometidas a patrones de relación que justifican la violencia en todas sus formas —“calladitas nos vemos más bonitas”, se afirma socialmente—; mientras que a los hombres se les prohíbe sentir o vulnerarse, reforzando conductas de evasión emocional bajo creencias como “los hombres no lloran” o “los hombres deben ser fuertes”. Aunque cada vez es menor la brecha que nos separa y nos confronta como si fuéramos opuestos, los efectos de este condicionamiento permanecen: las heridas de insuficiencia con las que muchos hombres cargan y las heridas de rechazo o exclusión a las que muchas mujeres hemos sido expuestas.

Estas heridas influyen en la manera en que construimos nuestra personalidad y en cómo nos vinculamos con los demás. En la búsqueda de aceptación solemos extender nuestros límites de tolerancia, cargando con la responsabilidad de hacer felices a otras personas y condicionando nuestra libertad de ser y sentir. Encontramos reconocimiento al sostener vínculos que, paradójicamente, nos alejan de nuestra autenticidad. Tanto hombres como mujeres luchamos con la necesidad de evitar sentirnos rechazados, abandonados o insuficientes, llevando a cuestas responsabilidades que no nos corresponden y olvidándonos de nuestra esencia.

El primer paso hacia la recuperación consiste en reconocer nuestras heridas y hablar con compasión a ese ser frágil que habita dentro de nosotros. Cuando comprendemos dónde se encuentran, en nuestra historia, los eventos que activan nuestras heridas y encienden las respuestas de nuestro sistema nervioso, podemos comenzar a reconstruir nuestra narrativa. Entendemos entonces que el amor y la aceptación que necesitamos no provienen de afuera; nacen desde adentro, en la libertad de reescribir una historia que conecte con la resiliencia y el crecimiento que hemos desarrollado a través de las experiencias dolorosas. También aprendemos que nuestras heridas forman parte de nuestra luz y que muchas de nuestras fortalezas fueron forjadas en medio de la adversidad.

El resultado de este proceso se refleja en la capacidad de adoptar una actitud de gratitud incluso frente a aquello que nos ha lastimado. Comprendemos que esas experiencias permanecen en nuestra memoria y pueden reactivarse en cualquier momento, pero también descubrimos la posibilidad de responder de manera distinta ante esos detonantes. Así abrimos espacios para el amor y la esperanza, alejándonos del miedo a sufrir nuevamente y construyendo nuevos patrones de conducta frente a aquello que alguna vez nos hirió.

La tarea de hoy es una invitación amorosa a conectar con tu vulnerabilidad. Desde ahí, abraza tu sombra y atrévete a “raspar el tejido de la herida” hasta limpiar tu corazón, trabajando el perdón y liberándote de las cargas emocionales que has sostenido durante tanto tiempo. Da la bienvenida a las potencialidades que despiertan a través de la adversidad. Una vez que hayas transitado por esa vulnerabilidad, escribe una carta para ti: una carta de reconocimiento, amor y compasión, en la que te concedas el permiso de actuar desde la autenticidad.

Porque el amor propio es la medicina que cura la amargura, el resentimiento y el enojo frente a aquello que no podemos cambiar. Tal vez no siempre podamos transformar las circunstancias, pero siempre tendremos la libertad de transformarnos a nosotros mismos.

La verdadera libertad comienza cuando dejamos de exigir que el pasado sea distinto y elegimos convertir nuestras heridas en una fuente de sabiduría, crecimiento y amor. Cuando aprendemos a mirarnos con compasión, descubrimos que la sanación no consiste en borrar nuestras cicatrices, sino en reconocer que también ellas forman parte de la historia que nos ha permitido convertirnos en quienes somos hoy.

Por la Dra. Elsa Edith Ríos Juárez

Directora del Instituto de Análisis Existencial y Logoterapia de Chihuahua

Alfredo Martínez

Alfredo Martínez Sosa es Editor en Jefe de Noticieros Radiorama, donde encabeza el trabajo informativo con responsabilidad, liderazgo y compromiso hacia la audiencia. Con más de 20 años de experiencia en el periodismo, ha desarrollado una sólida trayectoria en medios de comunicación, destacando por su capacidad de análisis, su rigor profesional y su visión crítica de la realidad social y política de Chihuahua y del país.